miércoles, 26 de agosto de 2020

Pedro Suárez: La brevedad es un destino

 


Leer la poesía de Pedro Suárez, (Upata, 1961) es reconocer la mistérica Guayana venezolana. Cautiva por su exuberancia metafórica al tiempo que enlaza con su telúrica fuerza de un lenguaje certero, a ratos huidizo, breve, pero luminoso y lúcido.


Recrea un lejano discurso de antiguos juglares. Acaso también por asumir la poesía como un acto lúdico, en el término más puro y trascendente, donde la libertad escapa sonriendo a la vida. 



 

















Si bien hay varios temas que aborda su poética, como la contemplación y su marcado tono reflexivo, sentimos en su lectura una íntima felicidad que viene amparada por la amorosidad frente a todo lo que su poesía logra focalizar, incluso la mortal realidad.

 Pedro Suárez, además de poeta, dedicó poco más de treinta años a la gerencia y promoción cultural, destacando como uno de los gerentes culturales más importantes de Venezuela, a finales del siglo pasado. Su otra faceta, como editor de publicaciones al frente de la editorial Predios, así como la revista del mismo nombre, lo presentan como un venezolano dedicado íntegramente al cultivo y difusión de la cultura.

  Fue por varios años, director de cultura de la Alcaldía de Upata. Igualmente asumió la gestión cultural como director de la Casa Cultural, María Cova Fernández, y la responsabilidad en la edición de la serie, Cuadernos de la memoria donde se reúne parte de las tradiciones y la historia de su ancestral pueblo de “las siete colinas”, la Villa del Yocoima.

 

  Este destacado intelectual venezolano, ha recibido interminables distinciones, tanto como poeta y gestor cultural. Entre otras, mencionamos: Premio de Poesía“Tomás Alfaro Calatrava”, El Tigre, 1990; Premio Poeta del Año, Ciudad Bolívar, 2018; Premio Nacional de Gerencia Cultural “María Teresa Castillo”, 1998; Premio a las Artes, Ciudad Bolívar, 1997.

  

  A la fecha tiene publicados los siguientes libros: Colinas y Colindantes, 1992; Remiendos, 1993; Perfil de Aguja, 1993; 50 haikú para amarrar el Sol, 1993; Brindis para irse, 1998; Diez al azar (Antología periférica de la nueva poesía venezolana), 2002; Compilador y prologuista de la Antología Poética de Abraham Salloum Bitar, 2006; Pensando la ciudad, 2013.

 

  Pedro Suárez es, además, conferencista, ensayista y articulista de opinión para varias revistas y diarios. 

 



 










Juan Guerrero: Parte de tu obra poética se caracteriza por la cortedad de sus textos. ¿Qué te llevó a ello?


Pedro Suárez: Nunca me propuse que fuera así, llegué a ese estadio de manera natural. Tal vez en esa suma de instantes duerme la convicción de aquello que Vicente Gerbasi dibujó, como “Un relámpago extasiado entre dos noches”.

Hoy, más que nunca, estoy convencido de este aserto. La brevedad es un destino, una sentencia, sin embargo, observo cómo poco a poco voy ensanchando las orillas del río. Tengo en cartera textos que piden papel, que no se contienen y tratan de llenar más el pulmón. Esa poesía se encuentra inédita, está hibernando.


JG: ¿Acaso ese destino, que amplifica tus orillas, está determinado por tu entorno, sea familiar (el tema amoroso/amorosidad) y/o social?


Lo que pide terreno es un asunto más estético que otra cosa. El tema te da la cara y te pide palabra, ya no se conforma con la sentencia, quiere alcanzar la otra orilla a fuerza de brazadas. El reto no es mayor ni menor porque la poesía no se mide en la cantidad de caracteres que tenga un texto.

Cierto. No por extenso es bueno un texto poético, ni a la inversa resulta malo. ¿Está relacionada esa brevedad con la imposibilidad de alcanzar, penetrar el ser de la poesía o es apenas, un instante que es lucidez?

Cuando ocurre que la palabra se acomoda con la verdad del poeta, y del lector, habrá que sumar, llega el brillo, el satori. La poesía abunda en la brevedad, muestra de ello es la poesía japonesa a través del haikú, en aforismos poéticos, y finalmente, en el verso que es una parte del poema pero que no es el poema.


JG: Para Pedro Suárez, ¿qué es el poema?


Aceptemos, como Nicanor Parra, que el poema es un artefacto literario, pero vamos luego a pedir auxilio a la física para establecer un símil con la paradoja de El gato de Schrödinger: si metes en una caja a un poema y a la poesía, va a ocurrir que un momento la poesía ocurre y que en el otro momento no. ¡Claro!, esto es física cuántica, pero es indudable que la poesía, que es la que justifica el poema, sucede y no sucede en el poema.


JG: Si la poesía no sucede, o sucede en el poema. ¿Cómo puede saberlo el poeta?.


Esa pegunta me la hice el mismo día que escribí mi primer poema. ¿Esto es poesía? Me interrogué. Para mí poesía era la que leía de Rimbaud, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, José Emilio Pacheco, Charles Baudelaire, Fernando Pessoa; en cambio lo que yo escribía -que dudaba si cerrar el verso con un punto o si utilizar una coma para bajar al otro

 verso- no podía ser poesía. La paz y el sosiego llegaron cuando comprendí que la poesía sucede cuando en el verso y luego en el poema está tu verdad. No importa si el poema está para ser estampado en mármol o en una lápida, lo que importa es que en ese poema esté tu verdad.


JG:Me río por el asombro que me causa cuando nombras a Baudelaire (estaba pensando en él y sus gatos). Esto, porque antes nombraste la paradoja “gatuna” de Schrödinger. Baudelaire también tiene sus gatos, Pedro. ¿Sucede la verdad en el poema, por ser eso, lucidez no inteligencia, o son meras elucubraciones intelectuales?


La verdad, en el poema y en la poesía, tienen el mismo valor que la mentira. Entiendo que esto que digo va a causar ruido, pero si lo que el poeta dice es mentira, y él lo sabe, esa es su verdad. Siempre será lo que el texto dice de quien lo escribe. El tema de las interpretaciones es otro asunto. También vamos a encontrar lucidez e inteligencia, y eso responde a la arquitectura emocional e intelectual del poeta.


JG: El gato encerrado en la caja negra (según la paradoja cuántica de Schrödinger) no está, ni vivo ni muerto, “Es”. Así, y según tu apreciación, ¿el poema es y no es verdad/ mentira?, ¿tiene, como el gato encerrado en la caja negra de Schrödinger, mitad de vivir/morir, o sólo es en cuanto tal, gato/poema?


La física cuántica, de la que entiendo tanto como el tamaño de un átomo, desaloja todas las certezas con las que nos relacionamos con el mundo. Pero dejemos el plano de lo cuántico para hablar de poesía y de literatura. Si no lo hacemos los profesores de física nos van a halar las orejas (risas). La poesía y el poema están para los que quieren que exista, y no está para los que la ignoran, por indiferencia o por desdén. Eso sí, en algún momento dejaremos de estar. La poesía es una bonita manera de decir que estuvimos.


JG: Tu poesía, además de lo que ya hemos indicado sobre su brevedad, es huidiza, no termina ni de mostrar el rostro amoroso ni tampoco fijarlo en la memoria. ¿Será una poesía del instante? ¿Ese punto de luz que muestra al ser?


No toda mi poesía es de tipo amorosa, no toda es breve; aunque hay poemas breves y poesía amorosa. Esto que parece un retruécano no lo es. A ver, en “50 haikú para amarrar el sol” hay una intención de hacer de espejo a un monstruo de la literatura universal, el “Ulises” de James Joyce; como en la novela de Joyce, todo transcurre en un día, pero mis haikús no suman, todo el libro, los caracteres de cualquier párrafo de los que componen las mil páginas de la novela de Joyce. Quise decir que la palabra también puede ser una omisión. En mi otro libro, “Perfil de aguja”, ocurre una exploración de la noche, y en un bar al que íbamos después de los eventos literarios que hacíamos a través del Fondo Editorial Predios, en la Upata de la década del 90 del siglo pasado. Pasa otra cosa en “Brindis para irse”, sin saberlo queda fijado un país que se estaba rompiendo. Eso lo supe casi diez años después de haber publicado el libro, me di cuenta que los poemas de aquel título que sonaban a despedida, estaban afinando una cuerda de una Venezuela que ya no sonaba igual.

Advierto, y lo acepto, que en tu pregunta está la lectura que haces de mi poesía. No sé si esa lectura ocurrió recientemente o si apelas a la memoria de la lectura que hiciste la primera vez que tuviste mis libros en tus manos.


JG: Indico amoroso, Pedro, como otra característica en tu obra poética, que conozco y he leído desde tus inicios. A propósito de tu referencia al bar que mencionas, lo conocimos –creo- a mediados de 1984-85, no sé si lo recuerdas. Leímos poesía en la Casa de la Cultura y después vagamos entre amigos por medio pueblo. Ya emergían tus poemas y tus proyectos editoriales. Predios, nombre de ese emblemático proyecto cultural y de su revista, que ha sido referencia nacional por varios años. Coméntanos sobre ello.


Te recuerdo en ese bar, por supuesto. De esas noches, que fueron muchas, salió una noche. El universo infinito de la noche que cede su poder a la palabra para que trate de explicarla. Eso intenté, más que protagonista, observador y ofrendante. Está el amor, el erotismo, la rendición de los sentidos. “Perfil de aguja” busca y encuentra en lo ínfimo, en el gesto de aquellos que embriagados, celebran.


JG: A poco más de 30 años de aquella experiencia editorial llamada Predios, ¿cuál ha sido tu balance?


En estos días conversaba con el poeta Carlos Villaverde, quizás el motor donde descansaban las turbinas de más potencia del proyecto Predios, y concluimos que el balance que se haga de ese proyecto literario, es que nació y se desarrolló en la provincia de una Venezuela que también era provincia a nivel literario. Publicamos 100 libros, 20 revistas de arte y literatura, y 15 cuadernos de la memoria. Pregúntale, no a mí, a investigadores literarios, a poetas, y escritores en general, y no van a saber qué responder. Lo de Predios fue un olvido “inducido”. Nosotros, en cambio, disfrutamos la experiencia y no dudamos en calificarla como uno de los trabajos más importantes y trascendentes de los últimos cincuenta años en Venezuela, a nivel literario y hecho en la provincia, concretamente en Upata, municipio Piar del estado Bolívar.


JG: ¿Qué circunstancias contribuyeron para desarrollar ese inmenso sueño con semejantes resultados?


Con permiso del lugar común, había un sueño, una pasión, y el empecinamiento para andar y hacer realidad lo que soñábamos. La literatura era un camino, algo de buenismoque nos llevó a promover la poesía en los colegios a través de concursos de cuento y poesía, y con talleres. Tú fuiste testigo y protagonista de la experiencia Predios, dictaste talleres y nos acompañaste en infinidad de eventos; pienso que puedes dar fe de la efervescencia y potencia de ese movimiento literario.

 

 JG: Cierto, Pedro. Esa producción literaria es inmensa. Está ahí esperando que sea revisada y estudiada con el rigor académico que merece. Después de Predios, ¿qué hay?


Vista en retrospectiva, la faena literaria desplegada desde Predios resulta tremenda y sorprendente. No sólo por la producción de libros y revistas, sino por el contexto donde se producía esa literatura: escaso o nulo apoyo de instituciones culturales públicas, el soslayo de la “rosca cultural” caraqueña de entonces, muy arraigada como sobrestimada, que lejos de cerrar el proyecto de “provincia”, nos estimuló a buscar auspicios privados e individuales que hicieron de la experiencia Predios una iniciativa singular, que no se amilanó ante la adversidad ni dificultad, ni el desinterés. Predios mientras duró, cerca de tres décadas, fue una lucha contra la desidia, un empecinado propósito por demostrar que desde un lugar del sur del país se podía hacer alguna literatura, al tiempo de poder ser posibilidad y certeza.


JG: ¿Continúas escribiendo tus poemas con los mismos temas y formatos, o incorporaste nuevas experiencias, por ejemplo, la pandemia y sus fantasmas?


Ni una línea, Juan. Ni una sola línea puedo escribir en estos días. Pienso, solamente, en Los Heraldos negros, el poema de César Vallejo que intenta lidiar con las avalanchas que se nos vienen encima. Mientras te respondo esta pregunta me llama mi hija para decirme que murió la madre de su novio. Entonces, Vallejo me grita: “Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé!

Mis textos, que en su mayoría han sido escritos antes de la aparición del virus, y se mantienen inéditos, van detrás de historias que responden a momentos donde se cruzan el amor, la naturaleza, el escepticismo, el humor, la vida. Tengo tres libros en proceso que pueden terminar siendo dos. En “Toque antes de entrar”, que es uno de ellos, hay de todopero el humor destaca; en “Prueba microscópica”, la palabra se ensancha y rompe el gotero de la brevedad; en “Libro de la sabana”, dejo testimonio de mi reiterado noviazgo con la Gran Sabana. Es posible que compile en libro unas anotaciones que en ocasiones llegan al despeñadero de los aforismos. Tengo 20 años que no publico, me retiré del cotarro literario de Venezuela, y apenas acepto participar en algún evento donde el compromiso de la amistad y el afecto me impiden decir que no.

Ante el protagonismo, el postureo, y el eructo de las redes sociales, me atrae la idea de pasar inadvertido. No me interesa ser reconocido ni recompensado, disfruto escribir, escuchar música, leer, especialmente, leer.


JG: ¿Y qué lee por estos días de peste, Pedro Suárez?

 

 Vuelvo a la paradoja del gato de Schrödinger, yo no sé qué estoy leyendo ni cuándo estoy leyendo. Mi lectura se ha vuelto fragmentaria, ya no tengo hígado suficiente para leer novelas extensas. Leo de todo, lo que me cae en las manos y me llama la atención. He postergado la culminación de la lectura de una novela de Juan José Millás, “La vida a ratos”, que es un diario tan fragmentario como mi lectura; leo cuentos de Truman Capote, me refiero a “Música para camaleones”; leo poesía, ensayo, algo de Paul Auster. Te digo, mi vida gira en torno a la literatura, y mi curiosidad es tan volátil en tanto estoy consciente de que el universo de los libros es inabarcable.


JG: ¿Siempre ha sido así tu vida, vinculada con la literatura? ¿Acaso has tenido tiempos más mundanos?


Mas han sido los tiempos en los que me he arropado con la cobija de la realidad, a secas. Esa realidad que te recuerda que la nevera está vacía o que debes cancelar la tarjeta de crédito. La literatura, y la promoción cultural, a la que me dediqué en algún momento de mi vida, han sido ejes en los que se debaten mis gustos. Renuncié a la promoción cultural, me cansé. La literatura, en la que la lectura es más importante, se mantiene. Soy espectador y actor en ese mundo. Escribo un tuit, y siento que lo hago porque la literatura es parte de mi vida. Veo una película y pienso en el guión, veo una entrevista en la televisión, y me detengo en la forma cómo el entrevistador pregunta y el entrevistado responde. Todo lo veo a través de la escritura. Hasta cuando escucho a una persona hablar.


JG: ¿Será que Pedro Suárez sigue encerrado con los gatos en la paradoja de Schrödenger? ¿Ves la realidad desde esa paradoja?


Me atrae la idea de las verdades absolutas, porque estoy seguro que no existen. Vivimos un tiempo donde las ideologías insisten en gobernar la conducta del individuo, en singular, y de las sociedades, en general. Esto provoca un impacto en la consciencia del individuo que se resiste a entrar por el aro de esa caja en la que en un momento pasa una cosa, y otra a la vez. Lo tecnológico convive con los fósiles de aquellas ideologías, e impone una agenda en la que el ser humano puede disfrutar de estadios de bienestar inimaginables. No obstante, todo se cuestiona, a cada rato salta la liebre y desacomoda las certezas que reinan a su antojo. ¿Que alguien me diga que podía dar por cierta la prisión a la que hoy nos somete el COVID-19? Filósofos y científicos plantearon el tema de un virus que podía convertirse en el meteorito microscópico del siglo XXI, pero el mundo estaba pendiente del lanzamiento del nuevo teléfono móvil.

Fíjate, tremenda paradoja, hoy es más seguro hacer una caminata espacial que viajar en el metro sin un tapabocas, “Venimos de la noche, y hacia la noche vamos”, ¿te das cuenta cómo la poesía tiene respuesta para la incertidumbre?


JG: ¿Será que no queda otro destino sino quedarnos, como el Boccaccio, encerrados en un gueto escribiendo nuestra incertidumbre de una peste más íntima e intrascendente?

 

 Atrae la idea del Boccaccio, aceptar que no ofende sino se está haciendo lo suficiente para que el mundo sea diferente, de “otra manera”. Sobran los salvadores de la patria, los vendedores de humo. Hace mucho salió “un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor” a enderezar entuertos, y no le fue bien. No somos políticos para la acción. Somos oficiantes de la literatura, no aprendices de brujos. Acaso sólo estamos dotados para la opinión y alguno que otro verso afortunado. ¿Cuándo no ha sido así en la historia de la humanidad? Es casi fútil lamentarse, mas cuando sabemos que todo es breve y tan eterno a la vez.


JG: ¿Permanece el hechizo de la poesía? ¿Eres hechicero, alquimista y activista de los misterios esotéricos? ¿Es otro de tus temas ocultos?


Entiendo el “hechizo” como una fascinación, no como un acto de esoterismo. Ese hechizo por la palabra se mantiene. La poesía, tanto la que leo como la que escribo es un ancla que ata su peso a mis días. Cuando quiero encontrar una respuesta, la poesía está para responder. Si el lector encuentra o sospecha que esa acción aparece en mi poesía, debo suponer que es producto de su lectura, una aproximación subjetiva, como toda lectura, a unos textos que intencionalmente son crípticos porque de alguna manera el poeta, casi siempre, escribe para sí mismo.

JG: ¿Crees que con la palabra poética, que es hechizo y convoca a quienes desde el fondo del bosque, que es el mundo y sus misterios, pueda el hombre, cual hada, dejar “hadado” su destino, tal vez liberado?


Quisiera ser así de optimista, pero no. La palabra salva, pero también fulmina, hiere, cicatriza. Nada más. Lo que libera es la paz interior, el equilibrio que estableces con tu entorno. La solidaridad, tal vez. El azar, aunque parezca un despropósito, puede jugar un papel en tu historia personal. Finalmente, el respeto a la Tercera Ley de Newton: todo lo que hagas tiene una consecuencia. Libera la música de Mozart, compartir un helado con una amiga, ver florecer una orquídea, un millón de dólares no debe molestar. Esto último en atención a la recomendación de Groucho Marx, para quien la felicidad está hecha de pequeñas cosas.


JG: No diré como aquel jugador de béisbol lleno de “paradojas populares”: “El juego no se acaba hasta que no termina” pero, finalmente, Pedro, ¿podremos encontrar en nuestra sociedad y con esta peste, la libertad suficiente como para seguir leyendo al menos en un banco de plaza, aunque sea revisando la pantalla de nuestro móvil?


Mira que me gusta el béisbol, y me atrae la idea de que este juego no se termina todavía. Espero que volvamos a recuperar la añorada normalidad y regresemos a las salas de cine, a los conciertos, al café de la esquina, a las escasas librerías. Tengo miedo, yo tengo miedo. He visto morir gente muy querida, y no sabemos hasta dónde va a llegar esto. Nos mandaron de vuelta a las cavernas, pero con WIFI y redes sociales. Me gusta el cielo azul, y el ruido de las calles. El virus no me deja ver el cielo, y las calles están mudas.



NOTA

Entrevista realizada por el escritor y ensayista Juan Guerrero , y publicada el 23 de agosto de 2020 en el portal Astorga Redacción.

http://astorgaredaccion.com/art/25781/pedro-suarez-la-brevedad-es-un-destino 


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