domingo, 1 de febrero de 2015


Hierro y papel
Por Pedro Suárez



Siempre habrá un día para cada algún.
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Inocentes las bacterias, y mira como matan gente.
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He visto tantos pueblos aplaudir que no me asombra los que hoy aplauden.
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Hay quienes le pegan al sapo para estar bien con la rana. Desconfiad de ellos.
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El error es quizá la circunstancia más atractiva del ser humano. Equivocarse, he allí el sendero mas cierto para comprobar que somos de carne y hueso.
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El peso de una mariposa puede hacer tambalear el mundo. Ahora, ¿cuándo es que la mariposa decide recostarse sobre el mundo?
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La desgracia, el desamor, la guerra, la mentira y el horror de lo humano son de los nichos más fecundos de la literatura.
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Si en medio de la tormenta una gota de agua se escurre por tu cuello, déjala correr para ver hasta dónde llega su ímpetu.
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Si se salva algo de mí, que sea un verso, una frase tan corta como la palabra sed.
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Idiota y con suerte, así lo veía cada vez que pasaba por taquilla a cobrar el acumulado de la semana.
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Si algo hay que aprender en la vida es el uso correcto y moderado de la falsedad.
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Como en las bolsas de pistacho, cuando se acaba el pistacho, así termina el día y no nos damos cuenta.


@pedrojsuarez
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viernes, 30 de enero de 2015


El hombre que veía demasiado
Por Pedro Suárez 



Necesito lentes, hasta hace poco fui la envidia de mis amigos. Lo podía ver todo, la letra chiquita y la grande. Igual veía de lejos que de cerca. Esta cualidad se potenciaba de cara a mi familia porque la abuela Ana, que se le habían secado los ojos a causa de los cincuenta años que pasó sentada al frente de una máquina de coser, me gritaba a cada rato: Pedro, ayúdame a ensartar esta aguja, que ya no veo nada, y tú lo ves todo.

Ver más de lo que debía me causó no pocos tropiezos. Un día subí al campanario de la iglesia del pueblo, y encontré al cura de la parroquia sacudiéndose el polvo de la bragueta. Le acompañaba una de las feligreses más entusiastas de la misa del domingo. El otro día me detuve a leer un mensaje de texto en el teléfono, eran las 2 de la tarde, y el sol reventaba contra la avenida. El mundo parecía que se había detenido. Nada se movía. De pronto se abrió la puerta del Banco y detrás venía un encapuchado vestido de urgencia. Me le quedé mirando y vi cómo se ayudaba con las rodillas para abrir las láminas de vidrio. Arrastraba un saco de lona, en el que, supongo, iba el dinero del robo. Al notar mi presencia, se llevó la punta de la pistola a la cabeza como anunciando lo que podía hacerme si le daba la gana, y con un gesto violento de la boca me indicó que me esfumara. Le vi los ojos, no pude verle más que los ojos. 

Pero un hecho así es fortuito, uno no ve el atraco a un Banco todos los días. Me preocupa constatar que dos a tres veces por semana veo a alguien que se tropieza y cae. Es anormal, no le encuentro explicación a ese tipo de evento tan recurrente. Igual puede ser un niño que un anciano, una aeromoza o una enfermera. Siempre tropiezan y caen, o trastabillan.

Le pregunto a un taxista que si él, que pasa todo el día en la calle, ve a la gente caerse. Me responde que no, máximo un choque. Yo no, ayer vi a una chica guapísima que corría para huirle a la lluvia que apenas se anunciaba y tropezó con sus pies. Estoy a punto de creer que veo demasiado.

@pedrojsuarez

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lunes, 26 de enero de 2015

Del amor por las fobias
Pedro Suárez



 Me gusta coleccionar fobias, de adolescente no sabía lo que era el vértigo ni si el vértigo era una fobia, así que aproveché una visita a Nueva York y me encaramé en la cúspide del Chrysler Building para experimentar el horror de los que abominan las alturas. Sin entender porqué vivía obsesionado por  la idea de quedar encerrado en un ascensor. Luego supe que un tío murió infartado en un décimo piso y que esto se mantenía en secreto a lo interno de la familia no sea que los niños pudieran adquirir las manías de Sebastián, así se llamaba el tío, que se asfixiaba si pasaba más de tres segundos en un sitio donde no hubiese un lugar visible por donde escapar. Este tío, como en el viejo cuento español, y por su propensión natural a joder pedía que si moría en Maracaibo lo enterraran en San Félix y sí moría en San Félix lo enterraran en Maracaibo. Pero no sólo eso, era propenso a sumar dolencias y cronicidades. Su colección de alergias, por ejemplo, incluía hasta el olor al pan dulce.

Era Sebastián un animal literario, como sacado de una novela de Miguel de Unamuno o de un cuento de Borges. No podía tocar un libro, pero los compraba por miles y pedía que se los leyeran. En esas jornadas que para todos sus sobrinos eran una tortura pero que para mí se convertían en una autopista que me conducía a la alegría de conocer la condición humana, aprendí a leer al Quijote, a querer los versos de Antonio Machado, la prosa endiablada y poética de Julio Cortázar, y a deleitarme en las trampas lúdicas de Fernando Pessoa.

El tío Sebastián era un tipo simpático. Bueno, habría que decir que nuestra inocencia de niños lo convertía en un tipo simpático. Y es que era fascinante salir a caminar con él y vivir la angustia de no pisar las rayas que dividían los paños de cemento de las aceras, como mágico era comprobar que la luna nos seguía igual que un pato a donde quiera que apuntáramos en las noches de luna llena. Con el tío Sebastián emprendíamos largas discusiones sobre el daño que produce escalar montañas, ¡por el polvillo de las flores!, alertaba. Habría que aclarar que las “tesis” del tío las sometíamos a comprobación en calidad de conejillos de indias. Así, nuestras vacaciones estaban marcadas por viajes a lugares tan insólitos y fascinantes como las “teorías” del tío Sebastián. Decía este tío, que también tenía la manía de mentir, que en un lugar remoto de la selva guayanesa, concretamente hacia los lados de El Palmar, en el sureño municipio Padre Chien, del estado Bolivar, había sido atacado por un águila arpía, que lo tomó por los hombros y lo elevó a una altura de vértigo pero que por su contextura gruesa se desprendió de las garras del ave para caer en la copa de un árbol de donde devino su renuncia a viajar en avión. 

Estrambótico, es un buen adjetivo para calificar al tío Sebastian. Pero a ver, creo que el tema se me está yendo de las manos. Mi propósito es hablarles de mi amor por las fobias. Es verdad que el acta de nacimiento de este rasgo de vida, en mí, la patentó el tío Sebastian. Pero cuando uno crece y se echa los pantalones largos, las cosas pasan al cuaderno de perdidas y ganancias donde se estampa el nombre de pila de cada quien, el mismo por el que respondemos a los reclamos y alegrías que vienen incluidas en el paquete de las circunstancias. De manera que Sebastián quedó atrás, es hoy una referencia grata, un cuento de café. Nada más. El presente es otra cosa, ya no soy un adolescente, las costumbres se hacen mañas, y éstas dibujan lo que somos. De suerte que, salvo sí las manías ofenden o dañan a terceros, cultivo mis fobias con disciplina de organillero. Vale decir, me divierto. Así, les puedo decir que me estoy estrenando en una fobia en la que me va la vida. Debo aclarar, para que no se me tome por exagerado, que el hecho de sufrir una sobredosis de estímulos hacen que esta fobia adquiera unos matices por demás interesantes. Recuerdo que se inició de manera inadvertida. Estaba en una función del Teatro Negro de Praga cuando, en medio del silencio de unos peces nadando en la oscuridad, escuché el ring de un teléfono celular. Apreté los dientes y no sé que muela denunció una fractura en mi boca, mínima pero suficiente como para emular la explosión de una carga de dinamita. 

En lo adelante todo se fue acumulando e hizo erupción en un Banco en el que una mujer guapísima atendió una llamada que despertó del mutismo a un conglomerado exhausto por las dimensiones de la cola que nos separaba de la taquilla. La chica dejó sonar el teléfono tres veces, era para que todos escucháramos el vallenato en el que le declaraba su amor al amado. En un velorio, justo cuando intentaba darle pésame a una viuda -odio estos tramites sociales- sonó un reggaeton, era un carajito, de esos que llevan zarcillos en las orejas; al rato escuché un joropo llanero, y como en cadena una sirena de ambulancia, un gato famélico o disfónico, no lo sé. En fin, los ringtone son una maldición que me persiguen hasta debajo del agua, en el cine, en la opera, en los moteles, a la hora del almuerzo, cuando ya la secretaria del ministerio tal decide atenderme. Ya lo dije, me acostumbré a coleccionar fobias, pero esta de los teléfonos celulares no la soporto. He decidido ir al siquiatra. Bueno, ya vamos por la tercera consulta y juré no regresar. En dos de las sesiones tuvimos que interrumpir la entrevista porque sonó el teléfono. El doctor responde la llamada cada vez que el aparatito deja escuchar a Mozart. Es culto el doctor, pero no soporto los ringtone. 

@pedrojsuarez
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domingo, 25 de enero de 2015

Domingo
Por Pedro Suárez




Domingo perfecto: Cuando espantas la resaca con un café y te vas de paseo al campo.
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Domingo perfecto: Desayunar una cachapa con queso de telita.
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Domingo perfecto: Comprobar que tu barba de tres días certifica que la libertad es posible.
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Domingo perfecto: Encontrarse con el amigo en el café y hacerle trabajos de reparación al país
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Domingo perfecto: El silencio de una ciudad que duerme hasta las diez de la mañana.
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Domingo perfecto: Descubrirle las cuatro patas al gato Mauricio.

“¿Qué le habrá pasado
al gato Maurico
Dicen en el barrio
que ha perdido el juicio.

Anda por las calles
mirando las flores
y sonríe a todos
hasta los ratones”
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Domingo perfecto: Descubrir que Mauricio es un gato con botas, hambriento de votos.
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Domingo perfecto: Que el artículo de Alberto Barrera Tyzka siga siendo la estación de inteligencia que ilumina el andén que es Venezuela.
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Domingo perfecto: Que en la noche veas la película que tanto habías buscado.
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Domingo perfecto: Ver para atrás y comprobar que lo construido valió la pena.
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Dios lo escogió para descansar, Adán cortejaba a Eva, era domingo, el día más bonito de la semana.

@pedrojsuarez
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sábado, 24 de enero de 2015


El vendedor de diamantes
Por Pedro Suárez 

A Inés Naanouh
hilo y Ariadna de estos renglones.


                                                                                                 “Pude tocar El Dorado
                                                                                     comprobar que el de los libros
                                                                                                   era una torpe infamia
                                                                                                       un mito inacabado"


I
Entró por la Guaira, venía de la ciudad francesa de Nantes y de una breve estadía en Curazao. Declaraba que había crecido en una región donde gobernaba el viento, la arena, y las aceitunas. ¿Norte de África, Medio Oriente? Poco importa. Digamos sí que era un hombre delgado, alto, con nariz grande y un tanto halado de boca. Tenía en la garganta eso que llaman "manzana de Adán" y cada vez que reía, esa bellota atrapada en medio del cuello se movía de arriba abajo como un transatlántico en alta mar. Fumaba con la serenidad de un santo, y tomaba tazas de café que más parecían caldo de petróleo que otra cosa. Tanto fumaba que en su derredor se formaba una nube de humo. Parecía que al inhalar se tragaría las riberas del río. El pelo negro como los azabaches del Orinoco, pegado al cráneo por un espejo de brillantina que se incendiaba cada vez que el sol iluminaba desde los lados del puente Angostura; olía siempre a limpio, usaba pantalones negros con camisas almidonadas y blancas. Así era Arthur, vendía y compraba diamantes. Tenía amigos, llegué a creer que había inventado esa palabra.

II
La primera vez que lo vi me paralizó con su sonrisa, pasó su mano por mi pelo, me preguntó por mi nombre, y dijo que era amigo de mi padre. Pasaron tres años y lo volví a ver, esta vez trepando la calle Constitución, un mediodía del mes de abril, cuando las calles empedradas del Casco Histórico hierven al sol y sus adoquines saltan como sardinas. Yo me entretuve con unos amigos comiendo mango, y al llegar a la casa lo encontré secándose el sudor con un pañuelo blanco y entre los dedos pulgar y medio, un cigarro encendido. Pídele la bendición al tío me dijo mi padre, y no se molestó en explicarme porqué era mi tío. Almorzamos, y se despidió luego de quemar tres cigarros. A partir de ese día, almorzaba o cenaba en casa dos o tres veces a la semana.

Se alquiló una casa contigua a la nuestra. Arthur vendía y compraba diamantes. Sus operaciones las realizaba desde la sastrería de mi padre. Allí acudían personajes que parecían sacados de la película Casablanca, hasta celebridades como Barrabas antes de encontrar el diamante que lo llevaría a la ruina. A los que iban llegando, los abrazaba y entre risas los encaminaba a una pequeña oficina que se acomodaba en la trastienda. Al tronido de las carcajadas, una vez cerrada la puerta, le sucedía un silencio que podía ser tallado. Al rato, se escucha un: -No, no, no, por favor, eso es muy poquito! A lo que seguía un: - Es que no tengo más primo. Indefectiblemente, los dos, el tío Arthur y el visitante salían con la cara de satisfacción que deja la certeza de haber cerrado un buen negocio.

El tío Arthur no era el único, en la Ciudad Bolivar de esa época podías comprar diamantes hasta en las esquinas. El Orinoco y el Caroní guardaban y guardan cantidades enormes de la escasa piedra.

III
Un domingo de esos en los que parece que el mundo se va a la tintorería, el tío Arthur, después de tomar el desayuno en la casa, me pidió que lo ayudara mientras conversaba unos asuntos con papá. No me dijo a qué, lo que si logró fue que me molestara porque camino a la plaza iba bajando la pandilla del barrio en bici y gritando mi nombre para el religioso encuentro de los domingos en el que alternábamos largas caminatas por el paseo Orinoco, con pelas y camorras que no pasaban de dos o tres groserías. 

A regañadientes me acerqué a  la mesa comedor, el único mueble que adornaba la breve sala de la casa del tío Arthur y esperé a que acercara la silla que arrastraba desde el patio. Me dijo: - Espera aquí. Sentí que abría maletas o cajas de metal, nunca lo supe. Pasado unos minutos salió del cuarto con un paño rojo en la mano derecha, debajo de las axilas algo que apretaba y en su mano izquierda tres frascos de vidrio que sonaban como una maraca desafinada. Lanzó el paño en la mesa, luego colocó las frascos en un extremo; con tachuelas fijó la tela por sus cuatro esquinas, templado como en una mesa de billar. Le pasó la mano abierta, una y otra vez. Más como se le pasa la mano a un caballo con el que se va a recorrer un largo camino, que a un fieltro donde la luces de los diamantes jugarían a deletrear el universo.Ya dije que eran diamantes. Lo que no he dicho es que el plano perfecto y dilatado del paño era de un rojo que producía vértigo. Y es que cuando el tío Arthur fue destapando los frascos y colocándolos boca abajo sobre la superficie, las luces le daban al rojo una infusión de cayena que jamás olvidaré.

Más seco que un cuero, me ordenó: -Selecciona por tamaño y color, que ya vengo.
Allí estaba yo, eran tres promontorios de luces. No sabía por dónde comenzar. Me levanté de la silla, salí al patio y busqué en un naranjo una espina fuerte. Con ella empecé a escarbar. Primero los grandes, del tamaño de un grano de maíz, luego unos más pequeños, otros como una legaña. Los había azules, blancos, con rastros de arcilla. Algunos literalmente saltaban desde sus reflejos violetas y rosados. Era un espectáculo. Los tres cerritos, ahora eran diez, veinte. Los ojos se me fueron llenando de luces y me dio miedo. Llegó un momento en el que toda la mesa parecía una fogata. Creo que transcurrió una hora, quizá un día, un siglo tal vez, cuando de pronto sentí una  mano en el hombro, era el tío Arthur que me preguntaba si había terminado. No le respondí, no tenía que hacerlo, el paño rojo había desaparecido y ahora solo veía una compacta alfombra de colores que me recordaba a esas con las que tapizan las salas de cine. Nunca supe en qué momento tendí todas las piedras sobre la superficie ni tampoco la razón de la fiebre intensa que me atacó.

Recuperado de la fiebre pregunté a mi padre por el tío y me respondió que estaba para las minas. Sus regresos ya no eran los mismos ni su presencia en la casa ni los domingos en los que me pedía que lo ayudara. A más diamantes yo me hacía más adolescente y el tío Arthur fumaba más y sus estadías en la casa se hacían más cortas. Un día el correo nos entregó una postal ilustrada con la Torre Eiffel, al dorso se podía leer: “Ya en París, iré al África". Mi reacción fue automática, dejé caer la frase sobre la mesa, igual al tío cuando vaciaba los frascos sobre el manto rojo: -No va volver, él solo se dedica a vender diamantes.


@pedrojsuarez

viernes, 23 de enero de 2015


Ya sé quién me lee en Japón 
Por Pedro Suárez 

A Gregory Zambrano




Imaginemos un reloj que al amanecer, un poco antes de que Santiago despierte para cumplir su rutina de baño, café, yogur, frutas, pan tostado, mermelada, corbata y medias de rombo; mucho antes de tomar el ascensor en el piso 14 para bajar a sótano, encender el auto y calcular el tiempo que tardará en llegar a la oficina. Sí, imaginemos que en ese instante, el reloj, dotado de vida propia, se interrogue: ¿Para qué estoy sobre este gavetero y en esta habitación? Un reloj, concluyo, que olvida que fue fabricado para medir el tiempo. 

El miedo detallado arriba es el que sufre todo escritor ante la página en blanco. Hablo de eso que el poeta mexicano Fabio Morábito define como el “no saber escribir". Luego, armar una frase, darle vida a un párrafo se convierte en el redundante trabajo de Sísifo. Se trata de volver a la primera línea. Antes de ella no existe nada, no hay ruta posible así se haya trazado un mapa y unas coordenadas de marino. En ese momento, solo gobierna el tanteo, las aproximaciones. Pero cuando llega el punto final y en la pantalla se dibuja una constelación de letras, palabras, frases y párrafos, independientemente de su calidad literaria; cuando sale de ese cascarón, digo, para que otros lo lean, el miedo regresa intacto. 

Atrás queda el que escribe. Lo escrito toma otros derroteros, emprende su navegación de cabotaje y lastra insospechadas huellas en quien lo lee. Por eso, nunca sabré quién me lee en Japón, pero lo sospecho.

@pedrojsuarez
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miércoles, 21 de enero de 2015


Sin hormigas y en París
Por Pedro Suárez



Los periódicos repetían en los titulares de primera página que sería la primavera más fría de los últimos cien años. Apenas asomaba la nariz a la calle y me entraban ganas de regresar al calor del plumón que había dejado en la habitación del hotel. Pero no va uno a París para quedarse en la cama. Sin embargo, y acostumbrado al hirviente calor del trópico el frío de ese mayo parisino agotaba mi paciencia y recortaba mi exposición a la intemperie. 


No sabía qué hacer ni cómo ordenar mi agenda porque el clima me corría de todos lados. En el jardín de Las Tullerías me sorprendió un chivo, sí, un chivo de largo pelaje blanco, que pastaba desganado. El resto, la tierra húmeda, los setos mustios, sin flores, y el frío que entraba por los tobillos. En los patios del Louvre las fuentes como acobardadas se mantenían apagadas. El Arco de Triunfo, allí, inconmovible y rodeado de un gris que resistía el sol de la tarde. La primavera destacaba, también, porque Notre Dame celebraba sus 850 años de construida. Pero era el frío el que dominaba mi estado mental. Bueno, debo confesar que intentaba escapar de ese tormento indagando sobre algo que me tenía intrigado. Por ningún lado veía rastros de hormigas. Y es que nada me serena más que ver a las hormigas en plena faena, en su ir y venir de no sé dónde. En la Torre Eiffel ubiqué un lugar solitario y dejé caer un trozo de pan para ver si a mi regreso las encontraba. Nada, las criaturas o no gustan de París o las había corrido el frío. El resto de los días que me quedé en la ciudad pensé que era esto último.

@pedrojsuarez
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 La maldita guerra El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Jaime Sabines Mientras las bombas caen, si se ag...