viernes, 12 de octubre de 2018

Notas desabrochadas

Pedro Suárez 
y el poema como geografía postal
Carlos Yusti • Lunes 8 de octubre de 2018



Mi amigo el poeta Luis Alberto Angulo ha dicho que soy sordo para la poesía, pero en realidad soy sordo no para el mal poeta, sino para el poeta maluco; es decir, mala entraña, trepador que amiguea los premios literarios y enchufoso con eso de los cargos culturales como creo que aseveran que fue el gran Pablo Neruda, paro no meterme con los del barrio local, y en esa tónica.
Uno siempre asocia al poeta con el santo (ese de yeso y estampita) por eso de la austeridad y lo frugal de su existencia, consagrado, con humilde fe, a su trabajo poético. Bueno y en ocasiones contadas hacen milagros con sus poemas, que ya es decir bastante.


Entre los pocos amigos poetas que tengo debo contar a Pedro Suárez. Aunque es necesario aclarar que primero fui lector del poeta y por esos azares literarios (o cortazarianos) de la literatura nos hicimos amigos.

Me gustaban sus poemas a pesar de mi sordera proverbial para la música del poema; me agradaba su tono breve, pausado, como si el poema lo pensara con serena calma. Después de conocerlo y saber su condición lo admiré sin precaución alguna. Para mí escribir era un dolor de cabeza y un sufrimiento; no obstante Pedro Suárez escribía desde esa otra orilla donde la alegría es un equipaje para el escape insólito, para la huida fantástica e imaginativa.

Desde entonces le profeso no sólo admiración, sino un respeto sincero, ya que uno siempre anda en plan de fracasista en eso de encontrar la frase o la palabra adecuada, de encontrar el ritmo insondable del corazón para que lo escrito suene de lo mejor en el papel o en la pantalla del computador; pero Pedro Suárez sabe que fracasar no es ni siquiera una opción y que de nada vale estructurar el poema en la cabeza, elaborar mentalmente toda la trama de una historia y después darse de bruces al momento de convertir todo eso (que fluye en la mente) en palabras, en palabras que hagan milagros y no literatura. Que es necesario arrojar mucha basura escrita a la papelera, que se requiere mucha entereza para tachar, lijar, podar muchas palabras hasta dejar las adecuadas. Pedro sabe a conciencia que a la hora de escribir no es bueno dejarse vencer por los vaivenes de la vida, por esa realidad de metal empobrecido que coloca trampas, trabas y requiebros que buscan hundir a cualquiera en el abismo. Que la vida y la realidad hay que cernirla con literatura para salvarse, para darle otro color y otra música menos tiránica. El poeta Pedro Suárez sabe que la literatura (leída y escrita) es la gran aventura, que es necesario enfermarse de literatura para curarse de todos los diagnósticos adversos, de todas las patologías malsanas que nos acechan. La literatura como oficio vampírico que absorbe literatura en todos lados, e incluso en esos papeles sueltos arrojados en la calle de los que escribiera Cervantes.


En la ficha de datos que preparó Oscar Pirrongelli Seijas en su libro Antología de la antigua y la actual poesía guayanesa, escribe: “Pedro Suárez (Upata, estado Bolívar, 1961). Como cultor y poeta ha desplegado una encomiable labor en Upata, su ciudad natal; fue director de cultura de la alcaldía, fundador y director de la revista de arte y literatura Predios; vicepresidente del fondo editorial del mismo nombre. Un accidente de tránsito que le inutilizó sus piernas no fue obstáculo para continuar su actividad literaria desde una silla de ruedas. Ha publicado, entre otros títulos, los siguientes: Remiendos, con el que ganó el premio Tomás Alfaro Calatrava en la ciudad de El Tigre; Perfil de aguja, editado por Monte Ávila Editores; Cincuenta haikús para amarrar el sol, editado en la colección Al Sur de la Gobernación del Estado Bolívar, y Colinas y colindantes, antología de poetas actuales upatenses, publicada por el Fondo Editorial Predios”.

En sus diarios Alejandra Pizarnik escribió: “¿Por qué escribo? Para asombrarme, yo, que nada sé de las palabras”. En lo personal creo que todo poeta escribe para asombrarse/asombrar con metáforas a los demás. Descubre en el tejido de las palabras un trasfondo particular. Pedro Suárez va hasta el fondo del lenguaje con un dominio absoluto de las palabras, y no por azar Francisco Arévalo ha dicho: “En Pedro Suárez hay un dominio inteligente del lenguaje. Tiene una estrategia muy personal para encarar la escritura poética. Hay una limpieza táctica y vehemente de la forma, del estilo. En sus ensayos breves (o en sus textos de opinión) hay como una luz ácida. Sin duda Pedro está equipado con muchas lecturas y un manejo venenoso, sin dejar de ser elegante o benigno, del lenguaje. Hace malabares con la ironía y su mordacidad inteligente brilla entre líneas en sus textos como pequeñas alimañas de cuidado”.

Teresa Coraspe, por su parte, destaca en Pedro a un poeta en varias direcciones, y en tal sentido ha dicho: “Pedro Suárez tiene una voz poética que se ha consolidado con el tiempo. En él hay que destacar al poeta incansable, a ese ser especial que trabaja con artesanía la palabra a pesar de todo, así como también al editor tanto de un fondo editorial y de esa hermosa revista que se llamó Predios, y que de alguna manera sentó cátedra en cuanto a publicación cultural y literaria se refiere, sin mencionar los Cuadernos de la memoria… Otro aspecto destacable de Pedro es el de promotor cultural. Todo su trabajo en conjunto nos ofrece el retrato de un escritor referencial en el acervo literario no sólo del estado Bolívar, sino del país”.


En lo particular tengo los poemas de Pedro Suárez como postales de una geografía inmóvil que se recorre a zancadas con palabras:

Brecha
Nada me pertenece
esta respiración
la escuché en la escuela
—hace veinte años
Este ritmo no es mío
es de un poeta que admiro
y no conozco
Aquel caballo tampoco
me lo prestaban para que lo cansara
para que oliera puerta
y diera pecho al toro
Con este hoy
pasa igual
me tiene y trajina a su antojo
intenta borrar lo que es recuerdo
se ensaña
no deja pasos
me obliga a repetir itinerarios
en el corazón
de otros.

Existe una belleza bruñida de extrañeza en los poemas de Pedro Suárez. En algunos se narra una historia esquiva, huidiza:

Misiva
La carta
habla de un triste destino
nombra un caballo
la huida de dos
describe un grito
el final de un incendio
Más allá del papel
quedó la casa
los armarios
una medalla desgastada
como la escena de una vieja película
y el recuerdo
con la tarea de imponer un olvido
que no se cumple.

Martha Elena Jansen Sierra, en el libro antológico Con áureos buriles (Publicaciones Fondo Editorial Uneg), destaca este carácter narrativo en la poesía, y sobre todo de los haikús, de Suárez: “…puedo evidenciar la intención de sus haikús, en los que relata un día domingo desde la mañana hasta la noche, observando cada detalle de ese día, en el que pudo transformar la realidad en hermosas y asombrosas imágenes, que resultan de la manera en la que uti­lizó las palabras. Me parece maravillosa la idea de relatar historias con pocas palabras”.

En una oportunidad parodié su estilo como articulista. Centré mi pastiche en su barrido visual del día a día. Sus textos ensayísticos surgen de su observación minuciosa de la cotidianidad y no estaban exentos de cierto retorcido humor. Leamos un fragmento de su artículo “Escribidor y sin tía Julia”, en la que anota aspectos de ese proceso que se llama escribir: “A diferencia de andar en bicicleta, a escribir nunca se aprende. Que hay autores con cientos de libros publicados, quién puede negarlo, aun así estos ensayistas o novelistas de fama sufren el síndrome del payaso antes de salir a escena: temen hacer el ridículo. En definitiva, esquivar la orfandad que sigue al punto final es una constante que pocos confiesan pero que muchos sufren. A ver si me entienden, trato de encontrar una razón que justifique esto que aquí escribo. Leo y releo, tacho, añado, borro, agrego; releo, leo, consulto el diccionario, pienso en la palabra adecuada, me pregunto si es la mejor. Borro, quito, pongo, maldigo un adverbio, esquivo un adjetivo, borro, añado, quito. Así, todo el tiempo, y esa sensación de que te estrenas en un oficio del que apenas tienes idea. Al que no le tiemblen las manos ante la frase que da inicio a un texto, que tire la primera piedra”.

Roberto Brodsky ha escrito que “un escritor es una intuición, y supongo que existen tantas intuiciones como maneras de seguir esa huella del aire en que termina convirtiéndose cada uno al abordar el trabajo de la escritura, que es el arte de la transformación. Porque escribir es transformarse”. No cabe duda de que Pedro Suárez se ha transformado en ese escritor que convierte la vida en una metáfora respirable, que convierte la realidad en una emoción deleitable y jugosa ataviada de palabras. La vida es un extenuante asedio y Pedro Suárez sabe a cabalidad que desde la trinchera de la escritura se hace la mejor resistencia, la más duradera y trascendente.

Tomado de:
https://letralia.com/ciudad-letralia/notas-desabrochadas/2018/10/08/pedro-suarez-y-el-poema-como-geografia-postal/

Carlos Yusty


Escritor y pintor venezolano (Valencia, 1959). Cofundador del grupo literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Dirige en la web la página Arteliteral. Su última exposición conceptual es la revista ensamblada La Tapa del Frasco (2015). Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (1991), Vírgenes necias (1994), De ciertos peces voladores (1997), Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007), Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (2007) y Poéticas del ojo (2012).

jueves, 20 de septiembre de 2018


Adelmos


El “pobretismo” es el escenario mental donde prosperan dos árboles de raíces profundas, el primero es el populismo que utiliza el autócrata para someter al pobre de espíritu; y el segundo que más que una condición del alma es el que sirve para que el avaro atrape a incautos y para que le alivie la conciencia en el acto de negarse cualquier deseo de comodidad, cuando no le sirve para justificar sus recurrentes tropiezos con el placer y la abundancia.

Adelmo Ortega

miércoles, 30 de mayo de 2018

Editable




Que hay vidas recosidas, a las que se le añade párrafos cada tres días, reescritas al calor de infamias y victorias, sometidas a elución, es verdad. Sí, nada lo impide ni tiene porque despedir el tufo deleznable de la censura, la autocensura. Luego, todo debería ser editable, menos la mentira. Bueno, barajo, eso de dejar intacta la mentira es un despropósito si no la literatura sería un arrume de chatarra oxidada y las noches serían más largas, aburridas como las quejas de conserje. Hasta aquí.

domingo, 31 de diciembre de 2017


2018

Se habla de afanes, y se confunde con miseria, se habla de amor, y se confunde con lastima, se habla de alegría para esconder tristezas; algunos gritan para no escucharse, hay quien regala para darse a sí mismos, hay quien levanta la mirada para esconderse del ombligo, hay quien se mira el ombligo para interrogar el alma; van los que piensan que lo tienen todo, vienen los que piensan que no tienen nada. Somos aquéllos que una vez decidieron caminar erguidos, somos estos que decimos adiós a un año y recibimos otro mientras el pequeñísimo artefacto cósmico que nos lleva de pasajeros completa una vuelta sobre la lámpara de luz que nos alumbra. Ese mismo artefacto fue fotografiado por la sonda espacial Voyager I, allá por el mes de febrero del año 1990, cuando se encontraba a 6.000, millones de kilómetros de la Tierra, un poco más allá de la órbita de Neptuno. La imagen que nos mostró luego la NASA es la de un minúsculo grano de arena en el espacio, y fue sobre esa imagen que el investigador y científico norteamericano Carl Sagan (1934-1996) escribió un texto al que se debe volver de vez en cuando para no perder lo que él describió como ¨una experiencia de ¨humildad¨. 
Llega el 2018, la gente se abraza y ensaya palabras de amistad y amor, comparte y celebra, es casi un respiro de armonía, del que me aprovecho para invitarlos a leer el texto de Sagan, es bueno mirar la línea de la carretera, es bueno saber hacia donde vamos, de donde venimos.
PS



“Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de un lugar del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra parte del punto. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestros posicionamientos, nuestra supuesta importancia, el espejismo de que ocupamos una posición privilegiada en el universo … Todo eso lo pone en cuestión ese punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano de polvo en la gran penumbra cósmica que todo lo envuelve. En nuestra oscuridad —en toda esa inmensidad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. Dependemos sólo de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y yo añadiría que también forja el carácter. En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido”.

Carl Sagan

martes, 19 de diciembre de 2017

largarse 

La historia de la humanidad está escrita en letras que narran las peripecias de un viaje, de múltiples viajes que trascienden lo material y alcanzan estadios del espíritu que nos permiten trascender a lo que somos en el bostezo de lo singular, viajes hacia barrancos de la moral, al asombro, lo fantástico. Salimos de Africa, ya erguidos, al encuentro de climas más benignos; así, nos enteramos de un pueblo que abandona la esclavitud, y debe cumplir un viaje, como requisito; la Odisea, que es un regreso, de alguien que se fue. La tierra dejó de ser plana, por alguien que orientó sus pasos a un lugar del que no se supo noticias de él; todos, en algún momento de nuestras vidas, tenemos que ir o irnos, es un destino a no dudarlo. Intelectualmente estoy consciente de ese destino, debo a las historias de viajes algunos de los momentos más gratos de mi vida, pero no pensé jamás verlo desde un andén desde el que se ofende mi tranquilidad. A mí que me voy a cada rato, que vivo un exilio interno, que me encanta jugar cuando me preguntan que dónde estaba y respondo sin ningún pudor: Me mudé a Estambul, estoy escribiendo una novela y vivo allá desde hace dos años. Y remato: En Verdad vivo entre Madrid y Estambul. La gente se maravilla, y hasta se alegra. Yo no me inmuto, ni me importa que sepan que les miento. Lo disfruto. Pero esto de ver un país que se descose como un pantalón viejo me hiere. Detesto esas historias, pero me persiguen. No pasa un día en el que alguien no me cuente historias sobre una despedida. Son abruptas esas historias, por demoledoras. Llegan sin pedir permiso, como el final de este texto. La trampa es la de un país que decide largarse, y nadie sabe para qué. 

lunes, 10 de julio de 2017

Para mí, poemas sin hielo



Pidió agua y de la cartera -uno de esos bolsos de mano que, una vez más, se han puesto de moda- sacó dos pastillas, ambas redondas como un botón de camisa y blancas como la harina de trigo; las dos, potentes analgésicos con los que pretendía domesticar un supuesto dolor de cabeza. Me explicó, casi a manera de excusa, buscando quizá aprobación a la ingesta, que había dormido mal la noche anterior, que se había tomado unos tragos y que en la mañana había corrido diez kilómetros en el malecón. Hasta aquí, una historia cualquiera. Un método, la señal de una probable adición. El caso es que yo también había dormido mal la noche anterior. Es verdad que no había tomado tragos, ni de lejos me había sometido a la extraña y moderna costumbre de correr hasta la extenuación. Recuerdo sí, que, mediada la tarde una imagen asociada a una trágica noticia se apropió de mi cerebro. La imagen se fue diluyendo con el café que compartía con mi amigo. Podría asegurar que abandonó mi cuerpo como uno de esos grillos que se alejan a grandes saltos de tu vista y se llevan consigo el martirio de su ruido. Me quedó fue la interrogante de que a qué tipo de analgésico debía acudir para vencer el abatimiento al que no sin cierta frecuencia me veía sometido. Y pensé que nada me sacaba tan limpiamente de mis fatigas, que por comodidad llamaré saudade, que el acto de aproximarme a los predios de la poesía. Corrijo, me hace bien, detener la mirada en una pintura, en un trazo de esa pintura; tanto como la música, cualquier música y músico; igual puedo decir de una escultura, de un poema, un verso, una fotografía, del arte. Sí, del arte. Es un acto reflejo, no me falla. Trato de decir que hay muchas maneras de curarse. Me espanta pensar que en la mía pueda encontrarse un asomo de superioridad moral, peor aún, de cursilería. Me asusta y repele esa idea, tanto que de solo pensar en esa posibilidad un intenso dolor de cabeza se apodera de mí. Y cuando ese tipo de dolor me ataca, nada me alivia más que un buen analgésico, una de esas pastillas que toma mi amigo para vencer la cefalea. 

jueves, 29 de junio de 2017


Marte retrógrado

El planeta Marte
su piel, las sinuosas venas de su superficie 
eso que desde aquí es una bruma borgoña
debe su color rojo a que de pequeño 
se alimentaba de tormentas y camarones. 

 La maldita guerra El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Jaime Sabines Mientras las bombas caen, si se ag...