martes, 3 de marzo de 2015


Gotas de un bocoy
Por Pedro Suárez

Esperaba una gaviota, y llegó un Minotauro.
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La adulación no es un pecado cualquiera, es un pecado feo.
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Soy más cínico que honesto, pero al decirlo soy más honesto que cínico.
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Tan hermosa es una idea que no se concreta como la que se realiza, el milagro está en soñarla.
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Témele más a una bacteria que a un idiota, las primeras abusan de su inteligencia.
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Hay días en el que quien más te puede decir ya no tiene nada que decirte.
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La risa es un antídoto potentísimo, tiene poderes curativo. Es sano reír como un cínico, un santo, o una hiena, según sea el caso, no como un idiota, claro.
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Con los años uno es más escéptico, aplaude menos; cuando ocurre lo contrario es porque se está cerca de la decrepitud. Yo casi no aplaudo.
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El error es quizá la circunstancia más atractiva del ser humano; equivocarse, ah, cuan de carne y hueso nos hace.
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El antifaz tiene el defecto que deja el brillo de los ojos al descubierto, y lo que habla esa luz es mas potente que cualquier afectación.
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Me refiero a esa esquina donde se pide que dejen los puñales a la entrada.
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Salgo a la calle y la frase de Bartleby "I would prefer not to" rebota en mi mente como una pelota de ping pong, y cuando regreso a casa también.
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@pedrojsuarez
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lunes, 2 de marzo de 2015

Un hombre de método
Por Pedro Suárez


Nunca llego a tiempo a un lugar, pero siempre me preparo para estar a la hora señalada. Soy de los que antes de salir revisa el reporte metereológico, de los que se hacen un mapa de la ciudad para inventarse rutas expeditas. Compro las entradas al cine, al teatro y a los conciertos por internet. Tengo una lista de las camisas que voy a usar en la semana, sé que ropa voy a usar el domingo. Soy, como se ve, un hombre de método. Pido cita al médico con un mes de anticipación, al abogado le redacto los casos para que no distraiga la narrativa del contencioso por el que lo requiero. Tengo un GPS en el carro, una aplicación en el teléfono que me indica qué ruta tomar; sintonizo una emisora de radio que mantiene un helicóptero sobre volando la ciudad para informarle a los conductores cómo va la cosa allá abajo. Pero haga lo que haga, nunca llego a tiempo.
  
Reviso las partes que componen la geografía de mi impuntualidad, y no le encuentro explicación. Siento que soy víctima de una conspiración que se complace en verme coleccionar actos fallidos. Hace una semana intenté ir al velorio de un amigo de la infancia y cuando llegué a la funeraria ya lo habían cremado. Le prometí a la familia que los acompañaría a esparcir las cenizas del difunto en el río, y en lugar de cruzar hacia una de las orillas del Caroní, terminé en el malecón del Orinoco. Si decido comprar la lotería, movido por un sueño o un pálpito, descubro que el sorteo se hizo en la mañana. La factura del teléfono la pago con días de retraso, y pese a que tengo las fechas de corte de las tarjetas de crédito pegadas en la nevera, todos los meses me cobran intereses de mora.

Trato de controlar la situación, pero cada día es peor. He perdido los tres últimos vuelos de avión. Han dejado de invitarme a las reuniones de la junta de condominio, así quiera, nunca voy. Pero ya va, dije que soy un hombre de método. Diseñé una estrategia que me ha funcionado, dejo todo al azar. Ahora no sé cuándo debo ir al odontólogo, cuál película voy a ver el jueves, qué día es la reunión con la maestra de mi hija. Sí, funciona, pero siento que no existo. 
@pedrojsuarez
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domingo, 1 de marzo de 2015


Tertulia sin navaja
Por Pedro Suárez


Las ciudades, como el Gregor Samsa de La Metamorfosis de Kafka, un día, cualquiera, despiertan convertidas en insectos, monstruosos. Se da cuenta, la ciudad, que la indiferencia de la gente que cruza sus calles en plan de transeúnte y no de ciudadanos le dibuja en el alma una repulsiva tiña corporis a la que todos se acostumbran como si se tratara de un inocente cambio del huso horario.

En Guayana pasa algo parecido, la que fue una ciudad concubinada al adjetivo pujante se ha despertado convertida en un insecto que sorprende por la inacción. Todo, en ella, se ha ido degradando, ha perdido la capacidad pulmonar que mostraba en sus primeros días. Y es en ese “estado de alma" que el escritor y ensayista Carlos Yusti se arrejunta con el poeta Francisco Arévalo para convocar una Tertulia sin navajas. La convocatoria es un estremecimiento a la pereza intelectual, otro de los correlativos que expresa la ciudad como síntoma cuando va apagando su luz; un empujón a la conciencia, prácticamente un apretarla por la pechera para que despierte. 

En defensa de la convocatoria y a modo de explicación del por qué el objeto cortante identifica la tertulia, Yusti advierte que es sin navaja porque sería del todo trivial irse al acero cuando en este país lo que sobra es plomo, puño y bofetada, como dice la canción. La pólvora escogida es el arte, y los abundantes gazapos que se le añaden como rémoras. Un terreno en extremo pantanoso dado el carácter de subjetividad que acompaña el acto creativo, y de la interesada valoración que las grandes corporaciones hacen del objeto creado. Mientras Yusti y Arévalo discurren, me pregunto: ¿Qué es una obra de arte? ¿Qué mérito convoca para ser considerada como tal? ¿Qué es el buen o mal gusto? Acaso esas interrogantes, si se exageran, ¿no pueden conducirnos al estadio de policías del espíritu? ¿No hay una intención de supremacía estética y hasta moral implícita cuando nos convertimos en árbitros del gusto? 

Miro a mi alrededor y la imagen de un Van Gogh humillado por la “pobre calidad artística" de su obra se abre a martillazos en mi cabeza; más sosegada acude a mi memoria el famoso cuadro de Renné Magritte 'Ceci n'est pas une pipe' donde el pintor establece el carácter de representación de la realidad de la obra de arte, pero desnudando al mismo tiempo el hecho de que supera a la realidad y se estaciona en esa amplísima playa de la subjetividad. Pensé también en lo que Flaubert llamó "la educación sentimental", en el papel del Estado y el artista en lograr ese estadio de conciencia. Pienso en el tango y la hostilidad con el que fue recibido por las elites sociales y culturales de su tiempo, y cómo posteriormente lo abrazaron para sí. Pienso en Marina Abramovic sentada en una de las salas del Museo de Arte Moderno de Nueva York para, en plan de artista presente,  sostener la mirada de los miles de espectadores que por 716 horas compartieron ese choque de retina y se hicieron complice de un performance definitivamente conmovedor. 

En resumen, una tertulia sin navajas pero con cianuro. Una tertulia que nos recuerda que el arte es una frontera que cruzamos sin darnos cuenta, y que en ocasiones se resuelve en una emoción.

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domingo, 22 de febrero de 2015


De avaros
Por Pedro Suárez


Esa noche arrastró y volcó el oro sobre la báscula, estaba completo, entonces respiró aliviado.
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Tenía un cofre lleno de oro que veneraba como a un Dios, un día lo agitó en su oído y sonó hueco, como su alma.
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Tenía una vieja alcancía de lata a la que veneraba como a un Dios, un día le dio una patada y sonó hueca, como su existencia. 
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La voz se escuchaba a lo lejos, podía venir, pensó, desde uno de los círculos del infierno que describe Dante en la Divina Comedia. Ahora la sentía en la puerta, no le abrió.
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Crecieron sus medidas, pero se le empequeñeció el alma.

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sábado, 21 de febrero de 2015

Día de la Marmota
Por Pedro Suárez

Apenas lo vi en pantalla entré en pánico, cómo pude olvidarlo. La reacción fue automática, comencé a temblar o para darle un toque literario al asunto: un sudor frío recorrió mi espalda. Pero ya va, no lo olvidé, sencillamente no tenía noticia de que esa fecha existía o guardaba alguna importancia dentro del calendario gregoriano. Uno sabe que la navidad se celebra en diciembre, que el día de las madres, va para uno de los domingos de mayo, el del niño en junio. Esos días paralizan al país y activan un frenesí a lo interno de las cajas registradoras. Olvidar esas fechas es un delito que se paga con pena de reproches. De ese calibre van los días patrios, es una vergüenza no saber el de la independencia de tu país. Peor es olvidar el cumpleaños de tu novia.

Hasta aquí todo bien, el día del niño, el de las madres y el padre, la navidad y la independencia. Pero, ¿el de la marmota? Cierto en aquello de que Google te da cinco segundos antes de pronunciar una estupidez, escribí en el buscador: Día de la Marmota. La respuesta del oráculo fue instantánea, se trata de un roedor esciuromorfo, que así se clasifica el animalito, y es una excusa, un instrumento que se utiliza en parte de Canada y Estados Unidos para determinar el fin del invierno. Es, en otras palabras, un método que tiene mucho de empírico y que se celebra 12 días antes del día de los enamorados. Abona la red e informa que el 2 de febrero, casi siempre, la marmota abandona su madriguera y se lanza a saludar la pronta primavera. Muy bien por la marmota. 


Ya nada me sorprende en esto de los calendarios y sus días. La frase la repito como un mantra, pero leo en el periódico que los chinos celebran el año de la cabra. Esta vez el sudor frío no recorre mi espalda, menos cuando la cabra promete cambios.
@pedrojsuarez
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miércoles, 11 de febrero de 2015

Rebaño de palabras
Por Pedro Suárez


Abrí un archivo y lo utilizo como potrero, allí encierro palabras. Las cuido y alimento como se cuida y se alimenta a las vacas. En otras palabras, las crio para engorde. A ver, no se trata de un rebaño parecido a los que vienen en un diccionario, aunque a primera vista pudiera ser tomado por tal. En ese espacio, el potrero, quiero decir, no hay un orden definido, ni de género ni de número. Conviven las esdrújulas con los sustantivos, los verbos con los adverbios. Eso sí, tengo el cuidado de no dejar entrar sílabas sueltas, ni pronombres, ni preposiciones; y no lo hago porque tenga algo contra ellas si no porque no me sirven de nada. La única manera que las deje entrar es que vengan acompañadas.

Para que una palabra me sea de utilidad tiene que ser nueva para mí, que me la encuentre en un libro o que alguien la haga llegar por primera vez a mis oídos. Cuando digo nueva no me refiero a la edad del vocablo. En el potrero tengo fósiles que corretean y hacen payasadas como jirafas para que las tome en cuenta. Antes de continuar debo advertir que esas palabras, todas sin excepción, no pasan mucho tiempo en el potrero. Una vez que las estudio, que sé de dónde vienen y para qué sirven las dejo ir. Bueno, en verdad las borro porque el archivo lo tengo en mi computadora. Me gusta la idea de saber que en el potrero pastan libres (voy a darle esa cualidad a las palabras, ya que utilizo la metáfora del rebaño), aforismos de Lichtenberg con otros de Cioran y Groucho Marx; que más de un economista tiene en la dehesa una frase al tercio, y que versos de poetas conocidos o no saltan de aquí y de allá. Tengo un oxímoron del tamaño de una ceiba aunque él prefiere que diga que es del tamaño de un ombú; hay más de diez palíndromos, algunos haikú, pocos sonetos, y una que otra escatología. 


Antes de optar por el método del potrero marcaba las palabras en los libros; le colocaba un punto al lado, si me las tropezaba en un diccionario, debajo les extendía una línea azul, roja, negra, según el caso. Pero el procedimiento me parecía extenuante y me desanimé leyendo La Biblioteca de Babel, un cuento de Jorge Luis Borges donde deja claro que nada es más infinito que una biblioteca. Me propuse algo modesto, menos arduo visto la innecesaria y vasta tarea Borgeana. Abrí un pequeño potrero, allí las palabras pastan libres y se van. 


@pedrojsuarez
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martes, 10 de febrero de 2015

Escribidor y sin tía Julia
Por Pedro Suárez

Nadie sabe escribir, pero un escritor es el que se da cuenta 
y convierte eso en un problema”
Fabio Morábito



Llegué a pensar que eran cosas mías y de nadie nada más. Una sensación de vergüenza y estupor, imperceptible, me invadía cada vez que alguien me presentaba como escritor: Pedro escribe libros y publica artículos en la prensa. La frase me hacía temblar, tanto o más que escribir libros y artículos para la prensa.

Hablo de una dolencia que me atacó a temprana edad; una enfermedad que el tiempo convirtió en crónica, así, sin más. Para esa época había aceptado que el único confidente posible para mí era un cuaderno a rayas Caribe, de esos que en la contraportada traían impresa las tablas de matemática. Se trataba de contarle mis cosas al papel, sin la menor conciencia del lenguaje, ajeno o pobremente dotado para atender norma alguna de ortografía o gramática. Entraba en conflicto con la vida, y escribía sobre la razón de vivir. Me gustaba la chica del segundo año B, y le acomodaba un poema que no era ni suma de versos ni prosa extendida; veía una película y redactaba una crítica, un juego de béisbol y construía una crónica.

Pero pasó lo que tenía que pasar, aprendí que un acento o una coma podían hacer naufragar un texto; tomé, ahora sí, conciencia del lenguaje. A diferencia de andar en bicicleta, a escribir nunca se aprende. Que hay autores con cientos de libros publicados, quién puede negarlo, aún así estos ensayistas o novelistas de fama sufren el síndrome del payaso antes de salir a escena: temen hacer el ridículo. En definitiva, esquivar la orfandad que sigue al punto final es una constante que pocos confiesan pero que muchos sufren. A ver si me entienden, trato de encontrar una razón que justifique esto que aquí escribo. Leo y releo, tacho, añado, borro, agrego; releo, leo, consulto el diccionario, pienso en la palabra adecuada, me pregunto si es la mejor. Borro, quito, pongo, maldigo un adverbio, esquivo un adjetivo, borro, añado, quito. Así, todo el tiempo.

@pedrojsuarez
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 La maldita guerra El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Jaime Sabines Mientras las bombas caen, si se ag...