martes, 14 de abril de 2015

Limón y bicarbonato
Por Pedro Suárez


Tengo un amigo que es diputado, y puedo dar fe que es de esos políticos a los que la ética no les estorba, aunque sus adversarios más enconados se la niegan. Estudiamos los grados de primaria en la misma escuela; él, dos cursos delante de mí. Antes de ser diputado se había hecho concejal, también fue alcalde; es, lo que se llama, un animal político. Le apasiona la historia de las ideas, intenta, soy testigo de ello, no ser indiferente ante la injusticia; especialmente le gusta tratar de entender porqué el país va como va y oponerle lo que esté a su alcance para que no se derrame del todo. Como diputado de la provincia tiene que viajar constantemente a la capital de la República, circunstancia que limita la posibilidad de vernos con la frecuencia que lo hacíamos antes de salir electo diputado. Ya casi no hablamos porque tenemos la certeza de que su teléfono está intervenido por el gobierno, lo que supone que todas sus llamadas son grabadas; visto entonces que somos aficionados a los chistes malos, no queremos ser objeto de burla por la magra calidad de nuestras carnavaladas. 

Debo decir, antes de avanzar sobre la personalidad de mi amigo, que toda la vida se le ha considerado un hombre de izquierda. El partido en el que ha militado toda su vida fue fundado por un ex comunista de los más lucidos que ha dado Venezuela. Pero como Pablo de Tarso, mi amigo también sufrió la experiencia del relámpago de Damasco. Obligado a viajar, por razones de salud, a Cuba, regresó de la isla caribeña con una frase: He podido comprobar que Cuba es el mayor fraude de la historia de la humanidad. A partir de ese viaje comenzó a escribir sobre lo que (me confesó) ya sospechaba desde hace tiempo. Pero su crítica no se limitó a denunciar la estafa política que han ejecutado los hermanos Castro desde hace mas de 50 años, si no que se atrevió a pronosticar que si en Venezuela no se rectificaba el modelo que a golpe y porrazo se nos han intentado imponer íbamos a padecer igual o peores desasosiegos que los que sufren los cubanos del presente. A mí, de verdad, me parecía exagerado el pronóstico pero entendía que estaba haciendo política. 

La costumbre se hace ley, es sabido. Hace más de treinta años uso un tipo especifico de desodorante. Me gusta porque sí, por la misma razón que prefiero ir lento que de prisa. Había olvidado el olor a cebolla y a col que desprenden las axilas.Tengo ya dos semanas que no utilizo desodorante, el olor que me acompaña es denso, por ahora discreto y apenas atenuado por el perfume. Siento, sin embargo, que va increscendo, tomando cuerpo. He probado con limón, bicarbonato, pero insiste. Creo que mi amigo no exageraba, vamos camino a convertirnos en un mal remedo de Cuba.

@pedrojsuarez


domingo, 12 de abril de 2015

¿Libros o esteroides?
Por Pedro Suárez


Me gusta leer, a oscuras, que nada distraiga la distancia entre la página y mis ojos. Debo añadir, entonces, que me gusta leer de noche. De adolescente lo hacia con una vela al lado de la cama, era muy pobre para comprar una lámpara. Una vela alcanzaba para leer un poemario de Arthur Rimbaud, digamos; novelas largas como El Ulises de Joyce, El Proceso de Franz Kafka, Crimen y Castigo, de Dostoyeski, o alguna de León Tolstoi podían consumir de quince a treinta velas. No recuerdo si contabilizaba la duración de los cirios por el número de páginas leídas o por el tiempo que tardaba en leerlas. La lectura de un cuento o los tres primeros versos de un poema pueden tomarte días. Una novela puede regalarte su última frase con su entrada a la papelera, junto a los restos de borra de café y cebolla. Un ensayo como El arco y la lira, de Octavio Paz, meses, tal vez años. Pero ya va, la inversión del consumo de velas en la lectura de un libro se fractura al igual que cuando decimos que una pelota está en movimiento y no que el movimiento está en la pelota. Además, estos renglones tratan de otra cosa.

Dije arriba que me gusta leer, y que prefiero hacerlo de noche. Ya no utilizo la vela de cera, puedo comprar la lámpara que se me antoje pero ahora leo todo o casi todo en formato digital. Es verdad que un porcentaje elevado de las novedades literarias se publican en papel, pero también es cierto que el plano digital lo inunda todo, y que requieren unas quinientas vidas para leerlos. Y vean que sí, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes tiene más de 135 mil registros bibliográficos de los cuales 60 mil son títulos de libros, lo que convierte su catálogo en uno de los más nutridos del mundo. La Biblioteca del Congreso de EEUU adelanta un proyecto de digitalización de su millonario catálogo de libros, fotografías y vídeos. Empresas como Amazon y Kindle ofrecen a los autores publicar sus trabajos de manera gratuita para ser vendidos a precios irrisorios. Me gusta leer, y lo puedo hacer gratis y a placer.

Los ácaros son como unos cerdos, pequeñitos, microscópicos, milimétricos, que les encanta el papel. Para ellos un libro es como un yate de 150 metros de eslora. Allí se reproducen incansablemente y viven a placer, lo mismo que ocurre con mis lecturas en formato digital. Debo a esta última predilección el único punto de encuentro con estos parasitos. Como en la Casa tomada de Julio Cortazar, estos primos de los arácnidos cometieron o, mejor, acometieron la tarea de expulsarme de las cuatros paredes del libro de papel. Primero me echaron de los capítulos, luego del indice, después del colofón, y cuando ya me tenían en la portada me dieron una trompada refrendada por un médico autorizado que me prohibió, por la magnitud de la alergia que padezco, la lectura en papel. La encrucijada era parecida a la que le proponía la madre de Guillermo Cabrera Infante cuando había que decidir entre comer o distraerse: “¿cine o sardina?”, solo que la formula de mi otorrinolaringólogo es diferente, menos lúdica: ¿libro o esteroides? 

@pedrojsuarez

miércoles, 8 de abril de 2015

Esto de morir
Por Pedro Suárez



“Tuvo mucho éxito en vida, pero lo que le envidio fue el éxito que tuvo en la muerte”, así razona el cronista Gay Talase sobre la trágica muerte de su amigo David Halberstam (premio Pulitzer de periodismo 2004) quien había perecido en un accidente de transito cuando iba camino a realizar una entrevista. Para Talase, su amigo había muerto como los buenos toreros, en el ruedo. Era el tipo de  suerte que añade brillo a cualquier epitafio. Más, confiesa el padre del nuevo periodismo norteamericano, la sola idea de constatar la posibilidad de padecer una enfermedad degenerativa e incapacitante lo llevó a prometerse un saludo de plomo en la tapa de los sesos para escapar a ese destino. Promesa que, a los ochenta y tres años que ya tiene Talase, es casi un oximoron.  

Jack Kevorkian se decidió por un oficio que le cambió el nombre por el de Doctor Muerte. Padre de la teoría del “derecho a morir”, Kevorkian fue condenado a 25 años de prisión por asesinato en segundo grado, pero pudo asistir a más de 400 personas a cruzar el Aqueronte. Ven, entonces, de dónde viene aquello de que quién te quita lo bailado. Leo en el periódico que una niña de siete años muere a causa de una bala perdida mientras jugaba en el parque. No tuvo la suerte de los pacientes de Kevorkian, su muerte no fue una decisión propia.

La ONG Observatorio Venezolano de Violencia reporta 24.980 muertes violentas en el año 2014, esto es 82 muertes por cada 100 mil habitantes. La nada respetable cifra coloca a Venezuela como el segundo país más violento del mundo, después de Honduras. La matemática es como la cebolla, de allí que con esos números del horror se pueden ir de una consigna política a los 68 muertos que resulta de la división de ese holocausto por los 365 días del año. En este Bingo de la infamia a alguien lo atropella la suerte. Los que matan, en su mayoría adolescentes y adultos jóvenes, no logran vivir más de 25 años. Pienso en la Antología de Spoon River del poeta Edgar Lee Masters y en la inabarcable tarea que hubiese significado escribirle epitafios a tanta gente de carne y hueso.

@pedrojsuarez

domingo, 5 de abril de 2015

Caja de herramientas
Por Pedro Suárez


El defecto de la llave de tubo es que viste mal.
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El martillo demoledor es una redundancia.
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La motosierra es un serrucho que abusó con el consumo de esteroides anabólicos. 
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A la autosuficiencia de la rueda le opongo la persistencia del tornillo.
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El destornillador se la lleva bien es con el tornillo.
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La puerta le tiene envidia a la bisagra.
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El alicate de presión trabaja para la policía política. 
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El clavo detesta a la tenaza, siempre lo saca de sus casillas.
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Porque es un buen compañero, porque es buen compañero; así le cantan en las noches a la Pata de cabra.
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Ruego la paciencia de un yunque y la sabiduría de una llave ajustable.
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@pedrojsuarez


sábado, 4 de abril de 2015

Ratones de cañería
Por Pedro Suárez


Les habrá pasado, descubres que los ratones han tomado tu casa por los restos de excremento esparcidos en el piso. Una noche fui a la cocina por un pedazo de pan y encontré, justo debajo del refrigerador, tres cagarrutas que más parecían granos de  arroz chino que la infame deposición del roedor. Miré a todos lados, como apartando el silencio, y la única evidencia visual que pude recuperar fue la boñiga, inerte, de los que desde ese momento pasaron a ser mis nuevos mejores enemigos. Regresé a la habitación sin el mendrugo que había ido a buscar pero con un trozo de chocolate que apenas mordí me trajo a la memoria una frase que había escupido la tarde anterior. 

Nada te enseña más del hombre que el hombre. La frase, aparatosa pero útil dada las circunstancias que dominaban la situación en la que me encontraba, generó una ráfaga de frío que congeló el café que compartíamos en la mesa. El primero en levantarse se excusó diciendo que tenía que ir a retirar una ropa a la tintorería; después se fue Roger, pero él siempre se va a las cinco y no tiene que dar explicaciones. Me quedé solo y solamente con el que, visto la desmedida arrogancia que exhibía, traté de oponerle el cuchillo de que nada enseña más del hombre que el hombre.

Lo del cuchillo es una metáfora, lo de la arrogancia del señor, no. Hay gente que la acumula como el que aumenta la concentración de ácido úrico en sangre. Lo hacen mientras se hartan de churrascos, y no se inmutan. Diría que lo hacen a placer, sin importar si ofenden o no. A diferencia de los ratones que trabajan a hurtadillas, los patanes lo hacen a cielo abierto. No les importa enarbolar estupidez e ignorancia en una sola bandera. Para romper el hielo que había congelado la tarde le pregunto al patán, que podría llamarse Rodrigo o Vicente, que si no conocía alguna fórmula para atrapar ratones. Le comento que desde hace días percibo un olor extraño en la cocina, y que podría ser orina de ratón. Rodrigo o Vicente, que podría llamarse de las dos maneras, me interrumpe y me dice: eso no es orina, es mierda de ratón. Yo sé lo que es la mierda. Le digo que tiene razón, no puede ser otra cosa que mierda. Pido la cuenta y me despido. Le prometo que haré algo contra esos ratones. 
@pedrojsuarez


miércoles, 1 de abril de 2015


A modo de ventana
Por Pedro Suárez

Volví a la ferretería en la que siendo niño compraba alambre y tornillos, encontré los mismos ojos azules de Dino, pero esta vez en el rostro de un anciano.
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Venderle el alma al Diablo es una transacción que se hace y se suscribe sin mirar el pliego, como preguntando si lo prefiere tinto.
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Hoy, cuando duerma la siesta, voy a soñar con la caída del Zeppelin.
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Pensé que el Trocante Mayor era un grado de la Armada hasta que me lo fracturé, felizmente no tiene nada que ver con lo militar.
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¿En cuál anillo del infierno le cantó Dante al insomnio?
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Me gusta ver que hace la gente cuando no está haciendo nada.
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Si decido cruzar un océano o nadar en un vaso de whisky les diré cuántas brazadas requiere alcanzar la otra orilla.
Me entero que el bastón de tres patas es para que no se caiga el bastón.
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No sé por qué pero digo sin porqué, peróxido de hidrógeno.
Las costuras, que no se noten.
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@pedrojsuarez  

lunes, 30 de marzo de 2015

Escritor con piel de editor

De lejos parece un monje medieval benedictino escapado en el tiempo de una abadía gótica, y de cerca también. Tiene pinta de copista, y de alguien que se crió en un lagar. Estoy convencido que es un albacea en estado puro. Escribe y edita libros insólitos, revistas de un solo número encuadernadas en bolsas de papel. Dirige la revista web Arte Literal donde intenta saciar su inagotable sed por la palabra escrita. Es pintor, ensayista, y lo tengo por panita. El pana Carlos Yusti, que se vino de Valencia y ahora respira la brisa del Caroní y el Orinoco. Casi no nos vemos pero nos une una amistad de las que habla Borges en Tlon, Uqbar, Orbis Tertius, “… una de esas amistades que primero comienza por excluir la confidencia y después omite el diálogo”. Así, él en plan de copista y yo de faraute respondí estas preguntas para www.arteliteral.com 
@pedrojsuarez


ESCRITORES CON PIEL DE LECTORES

1. ¿Qué libro ha sido decisivo para usted como lector?

             Llegué a Julio Cortázar mucho después de haber leído a una centena de autores, llegué, por cierto, sin tener noticia de sus coordenadas, quiere decir que lo descubrí. Luego, todo fue sumar: desde las novelas francesas del siglo XIX, pasando por la enormidad de la novela rusa, la narrativa de Henry Miller, la poesía de César Vallejo, de José Emilio Pacheco y los infaltables clásicos de Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, y nuestro Rómulo Gallegos. Pero Cortázar era otra cosa, me puso a caminar por París y a buscar a la Maga por entre los puentes y los gatos. Con él aprendí a escuchar el jazz, a subir una escalera de espalda, a distinguir entre un Fama y un Cronopio, y, fundamentalmente, aprendí que más allá queda la vida con sus encantos.  

2. ¿Qué libro ha encontrado insufrible y por qué razón?

              Tengo por uno de mis mayores tesoros mi capacidad para olvidar. 

3. ¿Qué autor le resulta poco grato?
             Aquél que se piensa más importante que su obra. Los que van por la vida escupiendo a los que no lo aplauden. Hay cierta ridícula gravedad en la opinión que guardan sobre ellos mismos. Ese tipo de autor me parece deleznable. 

4. ¿Tiene un sitio ideal para leer?
               Leo en la cama, y desde que aparecieron las tablet la mayoría de mis lecturas las hago en estos dispositivos. 

5. ¿Cuál sería su lista o canon de libros imprescindibles?
             Me gusta pensar que el libro imprescindible es aquel que no he leído. Esto de las listas me fastidia porque reduce la literatura al libro como tal, y esta va más allá. En actualidad podría leer de forma indefinida los artículos de Juan José Millás, los de Juan Tallón y Alberto Barrera Tyszka. Pero por nada del mundo dejaría de leer a la poeta Wislawa Szymborska, a Rafael Cadenas, a Juan Sánchez Peláez, Eugenio Montejo, José Emilio Pacheco, a Octavio Paz y a Jorge Luis Borges, a Fernando Pessoa, Fran Kafka, el Dostoyeski de Crimen y Castigo, a León Tolstoy, a Cesare Pavese, Roberto Bolaño... Como ven, no hablo de libros, hablo de autores que no dejan de sorprenderme y que releo como el que sale a recolectar piedras en un río.  

6. ¿Qué género literario prefiere: narrativa, ensayo o poesía?
              La novela va en descenso, casi no las leo. El cuento me atrapa particularmente, y el ensayo y la poesía me son absolutamente necesarios. 

7. ¿Cuál es su autor de cabecera?
             Váyase a la pregunta número 5, si ve que falta algo es porque es bueno no decirlo todo. 

8. ¿Puede citar algún verso o fragmento de un libro que recuerde y repita como una muletilla?
           Siento fascinación por los comienzos de los libros. Por Juan Tallón supe de un libro atribuido a Pavese que comienza así: “Le llamaban Pedro porque tocaba la guitarra"; de ese tipo de atrevimiento desconcertante se alimenta la literatura. 

9. ¿Qué autor nacional le parece necesario sacar del olvido?
             Una tarea más atractiva sería fomentar la lectura. Lo demás puede resultar un bumerán burocrático, ese tipo de plan que pone a frotarse las manos a editores e impresores. Puedo, sin embargo, soñar con la posibilidad de ver la poesía de Abraham Salloum Bitar en manos de los jóvenes de Venezuela y todo el continente Americano.

10. ¿Qué libro le hubiera gustado escribir?
             A ver, termino de leer el prólogo que le hace Charles Bukowski al libro “Pregúntale al polvo" del escritor norteamericano John Fante; es un texto de apenas dos páginas. Bueno, me hubiese gustado escribir esas líneas. 

11. ¿Cuál es ese personaje literario con que se identifica?
             Me hace mucha gracia el Bartebly de Herman Melville. La famosa respuesta I would prever not to (Preferiría no hacerlo) es genial y marca un desdén por todo que me atrae.

12. ¿Cuál libro le ha removido sentimientos?
             César Vallejo dejó unos versos que cuando los leí me impactaron:
              Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

13. Nombre tres libros con los cuales se ha sentido un lector pleno y gratificado.
             La respuesta, en el desarrollo de la pregunta 5. 

14. Ray Bradbury en la edición gráfica de su novela Farenheit 451 sugiere a los lectores qué libro le gustaría proteger de cualquier censor o “Bombero”. Las razones por qué querría memorizarlo y cuál es el valor para recitarse y recordarlo en el futuro. ¿Cuál sería para usted ese libro? 

Imaginemos que una hecatombe arrasa a la humanidad entera. Si es así el ejercicio propuesto es una ociosidad porque no podríamos memorizar nada. Imaginemos otro escenario, una bacteria destruye todas las páginas y registros de la literatura universal. Esa catástrofe vería el resurgir de una primavera tipo Pierre Menard, autor del Quijote; el hombre, que no es bueno, como decía Nietzche, volvería a escribir monumentos enormes de humanidad y belleza, tan o más grande que lo escrito hasta ahora. No sé cómo será el Homero que va a escribir la nueva Odisea pero la van a escribir. Tengo fe en el hombre y su propensión a la belleza, tanto como reconozco su instinto criminal; ese que Cioran resume así: El espermatozoide es un bandido en estado puro. 

15. ¿Cuál sería su recomendación para los lectores que se inician?

       La medicina moderna recomienda tomar mucha agua y caminar. A los que se aventuran en el mundo del libro, mi recomendación es una sola: leer, en ayuna y antes de dormir. La fórmula la facturo de esa manera para darle un toque profesional al asunto. 

http://www.arteliteral.com/index.php/escritor-invitado-89/698-pedro-suarez

 La maldita guerra El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Jaime Sabines Mientras las bombas caen, si se ag...