jueves, 29 de octubre de 2020

 Fábulas de Espinadura









El planeta Marte, su piel, las sinuosas venas de su superficie, el rojo que desde la Tierra es una bruma borgoña se debe a que de pequeño el planeta se alimentaba de tormentas y camarones.

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El zorro está feliz, se casó con una gallina que practica golf, ahora prefiere los menú a la carta.

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La gallina está feliz porque puso ocho pelotas de golf, en adelante renunciará al huevo, el golf le parece mas rentable.

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La vaca reclamaba furiosa el micrófono, ocurre que su sueño era el canto lírico.

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El día más feliz de su vida fue cuando le entregaron el diploma en Derechos Humanos, nunca pensó que lo lograría, en una hiena era como incompatible.

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El cocodrilo esperó, esperó y esperó pero el oftalmólogo nunca llegó; regresó triste a su charca, quería un tratamiento para las lagrimas.

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La luciérnaga fue detenida al medio día, volaba como Diógenes, con la lámpara de su culito encendida y preguntando por un hombre honesto.

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El tigre

Pintura

Autor: Carlos Yusti


domingo, 18 de octubre de 2020

 Espera con mambo

Se habían plantado en ese punto como un árbol. Una luz cenital les bañaba el rostro y la sombra que reflejaba el piso era gris. Parecían eternas, hieráticas, frías como el mármol. Ya antes las había visto en el mismo lugar, pero las voces de la gente, el color de los vestidos, y el ruido de los pasos las confundían con el paisaje de la rotonda. Imagino que continuaban en el mismo sitio porque estaban acostumbrabas a verlo llegar por las escaleras mecánicas. En ocasiones aparecía a través del ascensor que quedaba al lado de las escaleras, y al abrir las puertas se lo encontrarían de frente. Para hacer menos larga la espera hicieron una apuesta. No importaba el premio, era una manera de apagar la angustia de no verlo llegar. En otras ocasiones se les había hecho de noche, tres o una semana entre una y otra visita, así que la apuesta aliviaba. Lo que no podían presagiar era la aparición del virus que le daría otras agujas a un reloj que no podían interpretar, ¿por siempre?


Foto 2 Lionel Arteaga


domingo, 11 de octubre de 2020


 Es de esos hombres que tienen la costumbre del mimetismo, se confunden con el entorno y hay que hacer un esfuerzo para descubrir lo que están haciendo. Hablo de Lionel Arteaga que, como el super espía Agente OO7, cuenta con un arsenal de armas que no hieren pero atrapan. Su arma mas letal, la cámara fotográfica. Así va por la ciudad y a ratos captura imágenes que sorprenden por evidentes, porque están y han estado, siempre. No obstante, esas imágenes, parecen contaminadas de un algo efímero que nos interrogan en sus porqué.

El mini cuento que va abajo lo escribí como respuesta a una de sus fotos. La aquí publicada.


La sombra, las hormigas


La escena del crimen estaba intacta, solo faltaba el cadáver. Las hormigas, era la hipótesis de Rodríguez, habían hecho su trabajo. Tal meticulosidad le intrigaba tanto o mas que la suerte de la víctima. Claro, para el inspector no era difícil disimular que semejante pensamiento ocupaba su mente. Detective Sandoval le dijo a su compañera en la investigación, de niño criaba colonias de hormigas y te puedo asegurar que nunca duermen, y si es de acarrear un elefante lo hacen sin protestar.


Foto 1 Alexis Mora

@moralexs


Foto 2 Lionel Arteaga

@lionel.arteaga




miércoles, 26 de agosto de 2020

Pedro Suárez: La brevedad es un destino

 


Leer la poesía de Pedro Suárez, (Upata, 1961) es reconocer la mistérica Guayana venezolana. Cautiva por su exuberancia metafórica al tiempo que enlaza con su telúrica fuerza de un lenguaje certero, a ratos huidizo, breve, pero luminoso y lúcido.


Recrea un lejano discurso de antiguos juglares. Acaso también por asumir la poesía como un acto lúdico, en el término más puro y trascendente, donde la libertad escapa sonriendo a la vida. 



 

















Si bien hay varios temas que aborda su poética, como la contemplación y su marcado tono reflexivo, sentimos en su lectura una íntima felicidad que viene amparada por la amorosidad frente a todo lo que su poesía logra focalizar, incluso la mortal realidad.

 Pedro Suárez, además de poeta, dedicó poco más de treinta años a la gerencia y promoción cultural, destacando como uno de los gerentes culturales más importantes de Venezuela, a finales del siglo pasado. Su otra faceta, como editor de publicaciones al frente de la editorial Predios, así como la revista del mismo nombre, lo presentan como un venezolano dedicado íntegramente al cultivo y difusión de la cultura.

  Fue por varios años, director de cultura de la Alcaldía de Upata. Igualmente asumió la gestión cultural como director de la Casa Cultural, María Cova Fernández, y la responsabilidad en la edición de la serie, Cuadernos de la memoria donde se reúne parte de las tradiciones y la historia de su ancestral pueblo de “las siete colinas”, la Villa del Yocoima.

 

  Este destacado intelectual venezolano, ha recibido interminables distinciones, tanto como poeta y gestor cultural. Entre otras, mencionamos: Premio de Poesía“Tomás Alfaro Calatrava”, El Tigre, 1990; Premio Poeta del Año, Ciudad Bolívar, 2018; Premio Nacional de Gerencia Cultural “María Teresa Castillo”, 1998; Premio a las Artes, Ciudad Bolívar, 1997.

  

  A la fecha tiene publicados los siguientes libros: Colinas y Colindantes, 1992; Remiendos, 1993; Perfil de Aguja, 1993; 50 haikú para amarrar el Sol, 1993; Brindis para irse, 1998; Diez al azar (Antología periférica de la nueva poesía venezolana), 2002; Compilador y prologuista de la Antología Poética de Abraham Salloum Bitar, 2006; Pensando la ciudad, 2013.

 

  Pedro Suárez es, además, conferencista, ensayista y articulista de opinión para varias revistas y diarios. 

 



 










Juan Guerrero: Parte de tu obra poética se caracteriza por la cortedad de sus textos. ¿Qué te llevó a ello?


Pedro Suárez: Nunca me propuse que fuera así, llegué a ese estadio de manera natural. Tal vez en esa suma de instantes duerme la convicción de aquello que Vicente Gerbasi dibujó, como “Un relámpago extasiado entre dos noches”.

Hoy, más que nunca, estoy convencido de este aserto. La brevedad es un destino, una sentencia, sin embargo, observo cómo poco a poco voy ensanchando las orillas del río. Tengo en cartera textos que piden papel, que no se contienen y tratan de llenar más el pulmón. Esa poesía se encuentra inédita, está hibernando.


JG: ¿Acaso ese destino, que amplifica tus orillas, está determinado por tu entorno, sea familiar (el tema amoroso/amorosidad) y/o social?


Lo que pide terreno es un asunto más estético que otra cosa. El tema te da la cara y te pide palabra, ya no se conforma con la sentencia, quiere alcanzar la otra orilla a fuerza de brazadas. El reto no es mayor ni menor porque la poesía no se mide en la cantidad de caracteres que tenga un texto.

Cierto. No por extenso es bueno un texto poético, ni a la inversa resulta malo. ¿Está relacionada esa brevedad con la imposibilidad de alcanzar, penetrar el ser de la poesía o es apenas, un instante que es lucidez?

Cuando ocurre que la palabra se acomoda con la verdad del poeta, y del lector, habrá que sumar, llega el brillo, el satori. La poesía abunda en la brevedad, muestra de ello es la poesía japonesa a través del haikú, en aforismos poéticos, y finalmente, en el verso que es una parte del poema pero que no es el poema.


JG: Para Pedro Suárez, ¿qué es el poema?


Aceptemos, como Nicanor Parra, que el poema es un artefacto literario, pero vamos luego a pedir auxilio a la física para establecer un símil con la paradoja de El gato de Schrödinger: si metes en una caja a un poema y a la poesía, va a ocurrir que un momento la poesía ocurre y que en el otro momento no. ¡Claro!, esto es física cuántica, pero es indudable que la poesía, que es la que justifica el poema, sucede y no sucede en el poema.


JG: Si la poesía no sucede, o sucede en el poema. ¿Cómo puede saberlo el poeta?.


Esa pegunta me la hice el mismo día que escribí mi primer poema. ¿Esto es poesía? Me interrogué. Para mí poesía era la que leía de Rimbaud, Juan Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, José Emilio Pacheco, Charles Baudelaire, Fernando Pessoa; en cambio lo que yo escribía -que dudaba si cerrar el verso con un punto o si utilizar una coma para bajar al otro

 verso- no podía ser poesía. La paz y el sosiego llegaron cuando comprendí que la poesía sucede cuando en el verso y luego en el poema está tu verdad. No importa si el poema está para ser estampado en mármol o en una lápida, lo que importa es que en ese poema esté tu verdad.


JG:Me río por el asombro que me causa cuando nombras a Baudelaire (estaba pensando en él y sus gatos). Esto, porque antes nombraste la paradoja “gatuna” de Schrödinger. Baudelaire también tiene sus gatos, Pedro. ¿Sucede la verdad en el poema, por ser eso, lucidez no inteligencia, o son meras elucubraciones intelectuales?


La verdad, en el poema y en la poesía, tienen el mismo valor que la mentira. Entiendo que esto que digo va a causar ruido, pero si lo que el poeta dice es mentira, y él lo sabe, esa es su verdad. Siempre será lo que el texto dice de quien lo escribe. El tema de las interpretaciones es otro asunto. También vamos a encontrar lucidez e inteligencia, y eso responde a la arquitectura emocional e intelectual del poeta.


JG: El gato encerrado en la caja negra (según la paradoja cuántica de Schrödinger) no está, ni vivo ni muerto, “Es”. Así, y según tu apreciación, ¿el poema es y no es verdad/ mentira?, ¿tiene, como el gato encerrado en la caja negra de Schrödinger, mitad de vivir/morir, o sólo es en cuanto tal, gato/poema?


La física cuántica, de la que entiendo tanto como el tamaño de un átomo, desaloja todas las certezas con las que nos relacionamos con el mundo. Pero dejemos el plano de lo cuántico para hablar de poesía y de literatura. Si no lo hacemos los profesores de física nos van a halar las orejas (risas). La poesía y el poema están para los que quieren que exista, y no está para los que la ignoran, por indiferencia o por desdén. Eso sí, en algún momento dejaremos de estar. La poesía es una bonita manera de decir que estuvimos.


JG: Tu poesía, además de lo que ya hemos indicado sobre su brevedad, es huidiza, no termina ni de mostrar el rostro amoroso ni tampoco fijarlo en la memoria. ¿Será una poesía del instante? ¿Ese punto de luz que muestra al ser?


No toda mi poesía es de tipo amorosa, no toda es breve; aunque hay poemas breves y poesía amorosa. Esto que parece un retruécano no lo es. A ver, en “50 haikú para amarrar el sol” hay una intención de hacer de espejo a un monstruo de la literatura universal, el “Ulises” de James Joyce; como en la novela de Joyce, todo transcurre en un día, pero mis haikús no suman, todo el libro, los caracteres de cualquier párrafo de los que componen las mil páginas de la novela de Joyce. Quise decir que la palabra también puede ser una omisión. En mi otro libro, “Perfil de aguja”, ocurre una exploración de la noche, y en un bar al que íbamos después de los eventos literarios que hacíamos a través del Fondo Editorial Predios, en la Upata de la década del 90 del siglo pasado. Pasa otra cosa en “Brindis para irse”, sin saberlo queda fijado un país que se estaba rompiendo. Eso lo supe casi diez años después de haber publicado el libro, me di cuenta que los poemas de aquel título que sonaban a despedida, estaban afinando una cuerda de una Venezuela que ya no sonaba igual.

Advierto, y lo acepto, que en tu pregunta está la lectura que haces de mi poesía. No sé si esa lectura ocurrió recientemente o si apelas a la memoria de la lectura que hiciste la primera vez que tuviste mis libros en tus manos.


JG: Indico amoroso, Pedro, como otra característica en tu obra poética, que conozco y he leído desde tus inicios. A propósito de tu referencia al bar que mencionas, lo conocimos –creo- a mediados de 1984-85, no sé si lo recuerdas. Leímos poesía en la Casa de la Cultura y después vagamos entre amigos por medio pueblo. Ya emergían tus poemas y tus proyectos editoriales. Predios, nombre de ese emblemático proyecto cultural y de su revista, que ha sido referencia nacional por varios años. Coméntanos sobre ello.


Te recuerdo en ese bar, por supuesto. De esas noches, que fueron muchas, salió una noche. El universo infinito de la noche que cede su poder a la palabra para que trate de explicarla. Eso intenté, más que protagonista, observador y ofrendante. Está el amor, el erotismo, la rendición de los sentidos. “Perfil de aguja” busca y encuentra en lo ínfimo, en el gesto de aquellos que embriagados, celebran.


JG: A poco más de 30 años de aquella experiencia editorial llamada Predios, ¿cuál ha sido tu balance?


En estos días conversaba con el poeta Carlos Villaverde, quizás el motor donde descansaban las turbinas de más potencia del proyecto Predios, y concluimos que el balance que se haga de ese proyecto literario, es que nació y se desarrolló en la provincia de una Venezuela que también era provincia a nivel literario. Publicamos 100 libros, 20 revistas de arte y literatura, y 15 cuadernos de la memoria. Pregúntale, no a mí, a investigadores literarios, a poetas, y escritores en general, y no van a saber qué responder. Lo de Predios fue un olvido “inducido”. Nosotros, en cambio, disfrutamos la experiencia y no dudamos en calificarla como uno de los trabajos más importantes y trascendentes de los últimos cincuenta años en Venezuela, a nivel literario y hecho en la provincia, concretamente en Upata, municipio Piar del estado Bolívar.


JG: ¿Qué circunstancias contribuyeron para desarrollar ese inmenso sueño con semejantes resultados?


Con permiso del lugar común, había un sueño, una pasión, y el empecinamiento para andar y hacer realidad lo que soñábamos. La literatura era un camino, algo de buenismoque nos llevó a promover la poesía en los colegios a través de concursos de cuento y poesía, y con talleres. Tú fuiste testigo y protagonista de la experiencia Predios, dictaste talleres y nos acompañaste en infinidad de eventos; pienso que puedes dar fe de la efervescencia y potencia de ese movimiento literario.

 

 JG: Cierto, Pedro. Esa producción literaria es inmensa. Está ahí esperando que sea revisada y estudiada con el rigor académico que merece. Después de Predios, ¿qué hay?


Vista en retrospectiva, la faena literaria desplegada desde Predios resulta tremenda y sorprendente. No sólo por la producción de libros y revistas, sino por el contexto donde se producía esa literatura: escaso o nulo apoyo de instituciones culturales públicas, el soslayo de la “rosca cultural” caraqueña de entonces, muy arraigada como sobrestimada, que lejos de cerrar el proyecto de “provincia”, nos estimuló a buscar auspicios privados e individuales que hicieron de la experiencia Predios una iniciativa singular, que no se amilanó ante la adversidad ni dificultad, ni el desinterés. Predios mientras duró, cerca de tres décadas, fue una lucha contra la desidia, un empecinado propósito por demostrar que desde un lugar del sur del país se podía hacer alguna literatura, al tiempo de poder ser posibilidad y certeza.


JG: ¿Continúas escribiendo tus poemas con los mismos temas y formatos, o incorporaste nuevas experiencias, por ejemplo, la pandemia y sus fantasmas?


Ni una línea, Juan. Ni una sola línea puedo escribir en estos días. Pienso, solamente, en Los Heraldos negros, el poema de César Vallejo que intenta lidiar con las avalanchas que se nos vienen encima. Mientras te respondo esta pregunta me llama mi hija para decirme que murió la madre de su novio. Entonces, Vallejo me grita: “Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé!

Mis textos, que en su mayoría han sido escritos antes de la aparición del virus, y se mantienen inéditos, van detrás de historias que responden a momentos donde se cruzan el amor, la naturaleza, el escepticismo, el humor, la vida. Tengo tres libros en proceso que pueden terminar siendo dos. En “Toque antes de entrar”, que es uno de ellos, hay de todopero el humor destaca; en “Prueba microscópica”, la palabra se ensancha y rompe el gotero de la brevedad; en “Libro de la sabana”, dejo testimonio de mi reiterado noviazgo con la Gran Sabana. Es posible que compile en libro unas anotaciones que en ocasiones llegan al despeñadero de los aforismos. Tengo 20 años que no publico, me retiré del cotarro literario de Venezuela, y apenas acepto participar en algún evento donde el compromiso de la amistad y el afecto me impiden decir que no.

Ante el protagonismo, el postureo, y el eructo de las redes sociales, me atrae la idea de pasar inadvertido. No me interesa ser reconocido ni recompensado, disfruto escribir, escuchar música, leer, especialmente, leer.


JG: ¿Y qué lee por estos días de peste, Pedro Suárez?

 

 Vuelvo a la paradoja del gato de Schrödinger, yo no sé qué estoy leyendo ni cuándo estoy leyendo. Mi lectura se ha vuelto fragmentaria, ya no tengo hígado suficiente para leer novelas extensas. Leo de todo, lo que me cae en las manos y me llama la atención. He postergado la culminación de la lectura de una novela de Juan José Millás, “La vida a ratos”, que es un diario tan fragmentario como mi lectura; leo cuentos de Truman Capote, me refiero a “Música para camaleones”; leo poesía, ensayo, algo de Paul Auster. Te digo, mi vida gira en torno a la literatura, y mi curiosidad es tan volátil en tanto estoy consciente de que el universo de los libros es inabarcable.


JG: ¿Siempre ha sido así tu vida, vinculada con la literatura? ¿Acaso has tenido tiempos más mundanos?


Mas han sido los tiempos en los que me he arropado con la cobija de la realidad, a secas. Esa realidad que te recuerda que la nevera está vacía o que debes cancelar la tarjeta de crédito. La literatura, y la promoción cultural, a la que me dediqué en algún momento de mi vida, han sido ejes en los que se debaten mis gustos. Renuncié a la promoción cultural, me cansé. La literatura, en la que la lectura es más importante, se mantiene. Soy espectador y actor en ese mundo. Escribo un tuit, y siento que lo hago porque la literatura es parte de mi vida. Veo una película y pienso en el guión, veo una entrevista en la televisión, y me detengo en la forma cómo el entrevistador pregunta y el entrevistado responde. Todo lo veo a través de la escritura. Hasta cuando escucho a una persona hablar.


JG: ¿Será que Pedro Suárez sigue encerrado con los gatos en la paradoja de Schrödenger? ¿Ves la realidad desde esa paradoja?


Me atrae la idea de las verdades absolutas, porque estoy seguro que no existen. Vivimos un tiempo donde las ideologías insisten en gobernar la conducta del individuo, en singular, y de las sociedades, en general. Esto provoca un impacto en la consciencia del individuo que se resiste a entrar por el aro de esa caja en la que en un momento pasa una cosa, y otra a la vez. Lo tecnológico convive con los fósiles de aquellas ideologías, e impone una agenda en la que el ser humano puede disfrutar de estadios de bienestar inimaginables. No obstante, todo se cuestiona, a cada rato salta la liebre y desacomoda las certezas que reinan a su antojo. ¿Que alguien me diga que podía dar por cierta la prisión a la que hoy nos somete el COVID-19? Filósofos y científicos plantearon el tema de un virus que podía convertirse en el meteorito microscópico del siglo XXI, pero el mundo estaba pendiente del lanzamiento del nuevo teléfono móvil.

Fíjate, tremenda paradoja, hoy es más seguro hacer una caminata espacial que viajar en el metro sin un tapabocas, “Venimos de la noche, y hacia la noche vamos”, ¿te das cuenta cómo la poesía tiene respuesta para la incertidumbre?


JG: ¿Será que no queda otro destino sino quedarnos, como el Boccaccio, encerrados en un gueto escribiendo nuestra incertidumbre de una peste más íntima e intrascendente?

 

 Atrae la idea del Boccaccio, aceptar que no ofende sino se está haciendo lo suficiente para que el mundo sea diferente, de “otra manera”. Sobran los salvadores de la patria, los vendedores de humo. Hace mucho salió “un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor” a enderezar entuertos, y no le fue bien. No somos políticos para la acción. Somos oficiantes de la literatura, no aprendices de brujos. Acaso sólo estamos dotados para la opinión y alguno que otro verso afortunado. ¿Cuándo no ha sido así en la historia de la humanidad? Es casi fútil lamentarse, mas cuando sabemos que todo es breve y tan eterno a la vez.


JG: ¿Permanece el hechizo de la poesía? ¿Eres hechicero, alquimista y activista de los misterios esotéricos? ¿Es otro de tus temas ocultos?


Entiendo el “hechizo” como una fascinación, no como un acto de esoterismo. Ese hechizo por la palabra se mantiene. La poesía, tanto la que leo como la que escribo es un ancla que ata su peso a mis días. Cuando quiero encontrar una respuesta, la poesía está para responder. Si el lector encuentra o sospecha que esa acción aparece en mi poesía, debo suponer que es producto de su lectura, una aproximación subjetiva, como toda lectura, a unos textos que intencionalmente son crípticos porque de alguna manera el poeta, casi siempre, escribe para sí mismo.

JG: ¿Crees que con la palabra poética, que es hechizo y convoca a quienes desde el fondo del bosque, que es el mundo y sus misterios, pueda el hombre, cual hada, dejar “hadado” su destino, tal vez liberado?


Quisiera ser así de optimista, pero no. La palabra salva, pero también fulmina, hiere, cicatriza. Nada más. Lo que libera es la paz interior, el equilibrio que estableces con tu entorno. La solidaridad, tal vez. El azar, aunque parezca un despropósito, puede jugar un papel en tu historia personal. Finalmente, el respeto a la Tercera Ley de Newton: todo lo que hagas tiene una consecuencia. Libera la música de Mozart, compartir un helado con una amiga, ver florecer una orquídea, un millón de dólares no debe molestar. Esto último en atención a la recomendación de Groucho Marx, para quien la felicidad está hecha de pequeñas cosas.


JG: No diré como aquel jugador de béisbol lleno de “paradojas populares”: “El juego no se acaba hasta que no termina” pero, finalmente, Pedro, ¿podremos encontrar en nuestra sociedad y con esta peste, la libertad suficiente como para seguir leyendo al menos en un banco de plaza, aunque sea revisando la pantalla de nuestro móvil?


Mira que me gusta el béisbol, y me atrae la idea de que este juego no se termina todavía. Espero que volvamos a recuperar la añorada normalidad y regresemos a las salas de cine, a los conciertos, al café de la esquina, a las escasas librerías. Tengo miedo, yo tengo miedo. He visto morir gente muy querida, y no sabemos hasta dónde va a llegar esto. Nos mandaron de vuelta a las cavernas, pero con WIFI y redes sociales. Me gusta el cielo azul, y el ruido de las calles. El virus no me deja ver el cielo, y las calles están mudas.



NOTA

Entrevista realizada por el escritor y ensayista Juan Guerrero , y publicada el 23 de agosto de 2020 en el portal Astorga Redacción.

http://astorgaredaccion.com/art/25781/pedro-suarez-la-brevedad-es-un-destino 


miércoles, 22 de julio de 2020

Adonis
del tamaño de una idea.
In memorian


Quedan cuentas pendientes que honran, que no avergüenzan, en cambio le añaden nostalgia a esto de vivir. Le había prometido ir juntos a la sabana a ver el Roraima y los saltos de agua. Suponía que de esa manera podía enderezar un poco la soledad que lo perseguía en las arduas tardes de Angostura, de la Ciudad Bolívar que ponía los tantos kilómetros y alejaba los afectos del México que lo sorprendió para que los que estamos aquí sigamos queriéndolo. Le hablé que ese viaje ya lo había hecho con Abraham Salloum Bitar, y que para el poeta, aquél había sido uno de sus inolvidables. Pasó entonces que el viaje no se hizo y culminó en deuda, impagable pero que hoy declaro para anotar en negrillas lo que fue un asunto entre amigos.

Conocí a Adonis Salloum Bitar, hermano de mis hermanos Anis, Abraham, y Anisi, un día del que no guardo recuerdo; lo que sí conservo es la certeza de que cuando estreché su mano lo hice como el que se encuentra con alguien que anduvo por parajes que ya habían sido míos. Tenía delante de mí a un amigo entrañable, viejo y curtido de historias que confundían sus letras con las mías. Adonis era un filósofo, peripatético de breves sentencias y nada discretas carcajadas; poco dado a la estridencia, cuando de enfrentar una idea se trataba, tolerante, de esos que le estorban el mundo pero que amaba la vida, el tequila y las mujeres, un escéptico.

Ya no va estar, en algún momento tampoco estaremos. Decir que estoy triste sería mentir, acepto su adiós como la crecida del Orinoco en los meses de julio y agosto. Pienso en él y en su desdén por lo impostergable. No estoy triste pero sé que el mundo es más reducido sin la lucidez y el filo de su inteligencia. Aquí, y en mí dejó un amigo. Eso no es raro, Adonis era un tipazo.


viernes, 27 de marzo de 2020


Paradoja de la ballena


Hay un refrán que habla sobre las delicias culinarias por las que muchos se entusiasman sin el menor esfuerzo. El apotegma sentencia: "De la mar, el mero; de la tierra, el cordero". Parafraseando el proverbio que va hasta aquí, siempre digo que: "De la mar, la ballena; y de la tierra, la jirafa". En este caso, el axioma que torpemente ensayo no tiene nada que ver con gustos culinarios, ni posee la gracia estética que brinda la rima bien acuñada; apunta, eso sí, hacia lo que son mis animales favoritos.


Me gustan las ballenas por la imponente majestad que trasmite su tamaño, son los animales mas grandes del planeta. Las prefiero porque cantan mientras cruzan los mares y se lanzan al aire cual globos en las manos de un niño, y porque han convertido en enigma la razón de sus cantos. Además se quedaron en mi por la fascinación que siento por ellas desde que la vi perseguida por el Capitan Ahab, en la novela Moby-Dick, de Melville. Por la jirafa siento ternura, me gusta saber que el horizonte se les hace mas pronto, y me intriga el hecho de que sean mudas. Esto último juega con la ironía, y ese es otro cuento.



Traigo el cetáceo hasta aquí para establecer una suerte de analogía entre la pandemia que se declaró a partir de la propagación del Covid-19, y lo que pudiera ser, hoy o mañana, la suerte final de la humanidad. He querido, pomposamente, llamar a esta analogía, la Paradoja de la Ballena. No es tan exhaustiva y atrevida como la Paradoja de Fermi, por ejemplo, pero se atreve a correr el riesgo de ser empírica. El caso es que la ballena, que puede llegar a medir hasta 30 metros de longitud y pesar mas de 200 toneladas, tiene su peor enemigo en un organismo microscópico que se instala en algunas partes de su cuerpo y las va minando hasta que les provoca la muerte. Algo parecido ocurre con el coronavirus que se enseñorea en la actualidad por el mundo entero. Su presencia genera un comprensible  pánico, dada su morbilidad y mortalidad. Pone en peligro la existencia misma de la humanidad, y el lugar de privilegio que ha ocupado hasta ahora en la cúspide de la pirámide alimenticia. Llega este virus y nos coloca contra la pared. Es como un delincuente que en mitad de la noche te apunta con una pistola en la cabeza, no para robarte si no para divertirse, para hacerte saber que tiene tu vida en sus manos. Pues sí, este bichito , al que se le atribuye el gentilicio chino, cambió las reglas del juego. Es, como la globalización, indiferentes a las singularidades. Se sabe que no tiene escrúpulos. Nos agarró con las manos ocupadas. Dicen los pesimistas que se ahorrará el mérito de la Peste Negra, a quien se le atribuye el detonante del renacimiento europeo. De esta, sí se sale, quedarán los post en las redes sociales, y la herida en el rostro de una humanidad que declara su omnipotencia porque se desayuna escribiendo en twitter.


Hasta aquí la Paradoja de la Ballena, estrafalaria idea que nace a la sombra de una cuarentena que se extiende y de la que deberíamos salir victoriosos pero con un tapaboca y un spray con antibacteriano en la mano.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Desde aquí, tan río a la orilla


Un tal Julio

De inicio es necesario recordar sus enormes ojos de lechuza, sus canillas como de zancudo hambriento, el detalle de eterno adolescente que se expresaba en un rostro de castrati abonado por un torrente de pelo como el de las perezas que trepan los exagerados árboles de la selva en Guayana. Tan compañero, este Julio, como el que sube una escalera de espalda, no para agotar su altura sino para divertirse e ir contra la sana costumbre de mirar de frente el peldaño. Tan lengua de trapo Julio, y erre francesa. Tan adverso al almidón y al cartón, tan de llorar si había que hacerlo y sin razón alguna,  pero no importaba. 

Un tal Julio, hecho Cronopio por obra y gracia de su espíritu lúdico; escribidor de cartas, perseguidor de historias ordinarias que trasmutaba, cual demiurgo, en cuentos fantásticos, en momentos inolvidables. Un tal Julio, conejillo de indias en el experimento de encontrarle explicación y paradoja a esto de vivir. Un tal Julio que le repugnaba, por indecente, la muerte, que tomaba de a sorbos largos la cerveza en verano y el escocés en invierno; que escribía en cafetines sobre las páginas de cuadernos escolares cuando no en una Remintong que hacia crujir con sus dedos de pianista. Un tal Julio, del tamaño de una voluta de humo, por el cigarro que antecedía sus dientes. Un tal Julio, avispa y mariposa, boxeador a lo Muhammad Ali, trompetista de palabras, ciclista del planeta. Un tal Julio que queremos tanto y que nos recuerda que una sopa puede ser mas que cucharillas y verduras, que un puente no es solo el objeto material que cruzamos por inercia sino aquel que seamos capaces de construir a través de nuestros deseos, sueños, y placeres. Un tal Julio, autonauta, arquitecto de pirámides, coleccionista infatigable de melodías y solos de jazz que guardaba en esa biblioteca que la anatomía del cerebro describe como el hipocampo.

Un tal Julio, de allá y de acá, de Bruselas donde nació por accidente y de Banfield, un pueblito “a media hora en tren de Buenos Aires, donde vivió de los cuatro a los diecisiete años”; casi campesino como maestro de escuela, hipnotizado por la ciudad, y por los discos de pasta.


Un tal Julio, que prefirió la geografía de Rayuela al secreto abismo del átomo; que se entretenía diseñando instrucciones para llorar, y una más curiosa, la que enseñaba cómo matar hormigas en Roma. Un tal Julio, diapasón de sí mismo que quiso escucharse en la cara de los ángeles.


Un tal Morelli

La metáfora del pescador viene al pelo a la hora de explicar el anecdotario universal del lector. Qué sí leyó el Quijote en inglés, y a los cuatro años -como cuenta Borges por ahí, y muchos se lo creen-; qué si lleva tres lecturas del Ulises de James Joyce, y la primera la hizo a los diez años de edad; que está releyendo ensayos de Voltaire y Montaigne; que está decepcionado con la traducción de unos trabajos de André Malraux pero que afortunadamente se encontró una de Paúl Valery que peca de extraordinaria, que tiene a tirito y en la cola un poemario de Rene Char, y que anda molesto con Ismael porque quedó de enviarle unas ediciones del Fondo de Cultura Económica tan pronto llegara a México y ve la fecha, y todavía nada.

Algo parecido sucede con Rayuela, todos o la gran mayoría guardan una anécdota especial con respecto a su encuentro con la novela de Cortazar. Es algo similar al: ¿dónde estabas tú cuando le dispararon a Kennedy? 

Conozco gente que detestan a Rayuela porque es popular, otros porque no la “entienden”, otros porque no aceptan que un adolescente de mejillas hinchadas por el acné ande por ahí recitando trozos de la novela y hablando peste del realismo mágico. Esa historia continuará, porque es humana, y además porque Cortazar se detuvo en un hombre distinto pero que es el mismo de toda la vida. Cambió de escenarios pero dejó al hombre en la inmensidad de sus miserias y en el abismo de la alegría de vivir, que en su caso fue escribir, vale decir, crear y maravillarse ante la potencia de la palabra y sus ardides. 

Los escritores, también, suelen valerse de la metáfora y presentan el pez “de éste tamaño”. De esos y esas historias se encargó Borges en el Aleph, cuando echa andar a un desmesurado poeta que pretende inventariar el universo a través de versos rimados y milimétricamente medidos.

Este es el tamaño del pez que nos presenta el mismo Cortázar, es del tamaño de sus palabras: “Acabé mi primera novela cuando contaba nueve años de edad. Era una novela muy lacrimógena, muy romántica en la que todo el mundo moría al final”

No dudo de la precocidad de Cortazar, pero es bueno saber que Rayuela la escribe cuando pisaba los cincuenta años de edad, y hay quien señala que es apenas después de los 37 que se empieza a conocer su alucinante narrativa; en todo caso la traigo como bastón para que me ayude a “meterme” en su novela. Sí, porque más que “una valoración de magíster”, de las que detestaba Cortazar, la mía será una breve relación del encuentro con un libro que marcó mi vida.
El mío no fue un encuentro casual porque todos coincidimos que: “un encuentro casual con Cortazar es lo menos casual en nuestras vidas”. Recuerdo que el libro cayó en mis manos allá por el año 75 del siglo pasado. Se lo cancelé a un librero comunista que me miró como solo podía mirar Ricardo III -como el personaje de Shakespeare, mí librero era cojo y un tanto cruel por no decir avieso-, y me espeto un: ¿qué carajo vas hacer tú con ese libro?  Léete a Marta Harneker o al bigotón este – ¿cómo es que se llama? – ah, sí, a Nietzsche. Mi respuesta al escupitajo del librero comunista es historia para otro texto.
Rayuela no me atrapa por la forma en la que está escrita. Eso de saltar del capítulo 20 al 80 me resultó interesante, un poco curioso pero nada más. En verdad me daba cuenta que estaba bregando con una manera de contar “distinta”; pero la mecánica propuesta por el autor ya era una costumbre que practicaba con frecuencia. Por flojera me había impuesto lecturas saltadas, y por regocijo volvía a capítulos anteriores, párrafos y partes enteras que ya me habían gustado o de las que me enteraba por otras vías: un artículo, un ensayo, una conversa entre amigos. 
De Rayuela, me inquietaba más el autor y su manejo de la retórica discursiva (en ese tiempo, honesto es decirlo, no articulaba así pero lo “sentía”). Me interesaba el hecho de leer una novela que mantenía como epicentro de “la trama” el género literario que la contenía, y esa constante en torno al lenguaje, la estética del ocio, y cierto fatalismo que convierte a los personajes de la novela en seres escépticos y errabundos.
De lo anterior precisaré dos ejemplos, primero el del lenguaje: Cortazar inventa uno nuevo, el glíglico, del que se da razón el capítulo 68 de la novela. Vamos a escucharlo:  “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”
Si acaso no convencen estos praemas fabluados los invito a leer el Capítulo 41: No queda ni uno derecho, pensaba Oliveira, mirando los clavos desparramados en el suelo. Y a esta hora la ferretería está cerrada, me van a echar a patadas si golpeo para que me vendan treinta guitas de clavos. Hay que enderezarlos, no hay remedio. Cada vez que conseguía enderezar a medias un clavo, levantaba la cabeza en dirección a la ventana abierta y silbaba para que Traveler se asomara. Desde su cuarto veía muy bien una parte del dormitorio, y algo le decía que Traveler estaba en el dormitorio, probablemente acostado con Talita. Los Traveler dormían mucho de día, no tanto por el cansancio del circo sino por un principio de fiaca que Oliveira respetaba. Era penoso despertar a Traveler a las dos y media de la tarde, pero Oliveira tenía ya amoratados los dedos con que sujetaba los clavos, la sangre machucada empezaba a extravasarse, dando a los dedos un aire de chipolatas mal hechas que era realmente repugnante. Más se los miraba, más sentía la necesidad de despertar a Traveler. Para colmo tenía ganas de matear y se le había acabado la yerba: es decir, le quedaba yerba para medio mate, y convenía que Traveler o Talita le tiraran la cantidad restante metida en un papel y con unos cuantos clavos de lastre para embocar la ventana. Con clavos derechos y yerba la siesta sería más tolerable.”

De la reflexión estética se encarga Morelli, un personaje escurridizo que oficia la escritura “sin amigos y sin lectores”. Morelli espanta cualquier desvío del autor hacia formas caras a la tradición “realista, castiza, y telúrica” de la que se alimentaba la narrativa hispanoamericana. Suerte de carnicero, Morelli podía llegar al mutismo total ya que la palabra más que expresar se le mostraba como un músculo al que había que capar hasta el máximo. Al final no sabemos si es por él o si ya la novela había tomado partido, lo que sí es cierto es que el libro se va cojeando por el lado del surrealismo. Una clave de esto es el epígrafe de Jacques Vaché, personaje “descubierto” por André Bretón en un hospital militar francés que inspiro a los surrealistas y del que Bretón dijo que era un hombre más bello que una flauta.
Rayuela no solo es una gran novela, se le atribuyen otros aciertos y se le acusa de algunos crímenes. Por ejemplo, hay quien la señala como parricida de las letras latinoamericanas porque rompe con algunos paradigmas que serán definitivos. En su modestia y agudeza, Cortazar se defiende así: “Se puede hablar de parricidio, pero más importante que la noción de parricidio es simplemente la insatisfacción que la generación joven siente con respecto a las lecturas que hace.

Esa nueva generación tiene una visión diferente, porque la Historia también está cambiando y entonces ellos lanzan una nueva manera de sentir; una nueva manera de expresarse.”

Finalmente acudo al crítico español Andrés Amorós a quien se le debe una de los prólogos más memorables que se recuerde sobre la novela de Cortazar, ¿Qué historia cuenta Rayuela? (pregunta y responde Amorós): En la primera parte, "Del lado de allá" (París), Horacio Oliveira vive con la Maga y rodeado de amigos que forman el Club. Muere Rocamadour, el hijo de la Maga, y Horacio, después de varias crisis, se separa de ella. En la segunda parte, "Del lado de acá", Horacio ha vuelto a Buenos Aires, vive con su antigua novia, Gekrepten, que le esperó; en realidad, se pasa la vida con sus amigos Traveler y Talita, trabaja con ellos en un circo, primero, y luego en un manicomio. En Talita cree ver de nuevo a la Maga y eso le conduce a otra crisis.

Hay que añadir una tercera parte, "De otros lados", que agrupa materiales heterogéneos: complementos de la historia anterior, recortes de periódico, citas de libros y textos autocríticos atribuidos a Morelli, un viejo escritor al que Horacio visita después de un accidente de tráfico.


Nota: Este texto lo escribí -no estoy seguro de ser su autor. Lo sospecho- para leerlo en los encuentros literarios que organizaba el Fondo Editorial Predios en Upata a mediados de la década de los noventa del siglo pasado. Lo había guardado en una computadora que un día cualquiera dejó de funcionar, y de la que conservé el disco duro. El texto, con pretensiones, malogradas, de ser un ensayo, abordaba la novela Rayuela y a Cortázar como uno de mis escritores favoritos. Tenía un epígrafe de un escritor que ya no me interesa por lo que estimé razonable olvidar que estuvo ahí. Decido subirlo a mis remiendos, consciente de sus falencias, como una manera de recordar que un 12 de febrero del año 1984 moría este Julio que quisimos tanto.


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