sábado, 14 de marzo de 2015

Destilados 
Por Pedro Suárez


Este sábado se extinguirá como los dinosaurios y sabremos de él por los antropólogos, o por alguno que otro historiador del alma.
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Puedes llegar a ser incomodo, y qué, ay de aquellos a los que la sonrisa se les convierte en rictus y el hígado en gelatina de fresa.
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Así como los mexicanos tienen su chingada para cada cosa, nosotros tenemos nuestro liberado hijo de puta hasta para la chingada.
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El hombre puede ser el centro, pero le va mejor en las orillas, me refiero a la vida no a eso de que los extremos se tocan.
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Ese que es cualquiera se lava las manchas de sangre del que mató con sus manos, y luego lee un poema, aspira la santidad.
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Aquella que desde el claustro de su sedan golpea y masculla contra el volante, ¿a quién maldice o añora?
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Prefiero los deltas que las cabeceras, no me detienen las formas y aplaudo el instinto cuando se trata del corazón. 
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Lanzo el hilo y me detengo en la orilla a ver correr el rio y a esperar que se detenga el agua.
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El río se lleva las piedras y no explica para qué.
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Leyendo el Ulises de Joyce me dije, las novelas de una página y no más de un Martini.
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El plato es de lentejas
Por Pedro Suárez



Mis deudas, con los Bancos y los escritores que he leído desde niño. Al Banco le quedo  bien todo el tiempo, cada año aumentan mi límite de crédito, a los autores, no tanto. Puede pasar que a la tercera página de la lectura de un libro lo estacione en el andén de no te toco más, ni para regalarlo. Esa suerte de purgatorio bibliográfico está poblado por termitas y una densa telaraña de olvido. Muy bien que así sea, aunque reconozco que toda valoración esconde una injusticia.

Aplaudo al Jorge Luis Borges que condenó el “Desvarío laborioso y empobrecedor de componer bastos libros", celebro muchísimo más el que nos haya aclarado que no era capricho el suyo si no que podía sostener lo que decía de manera inobjetable: es del todo inútil “explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos". Esa deuda la reconozco. De parecida proporción es la obligación que mantengo con Lichtenberg y sus aforismos; mucho le debo a Cioran, casi tanto como a Nietzsche o a los imponentes versos de poeta Abraham Salloum Bitar. Vengo pues de esos pasivos y los opongo a la bostezada rutina de negar cualquier asomo de escritura que rompa la tradición. 

Del twitter se dice tanto o mucho más que de la viuda que decide rehacer su vida. Recuerdo que algunos intelectuales, apenas prendía la fiebre por esta red social, se encargaban de aclarar que ellos “no tenían cuenta en twitter", otros han levantado verdaderos estudios epistemológicos para recusar su efecto sobre el conocimiento y la literatura. La descripción de la blasfemia intelectual de estos “conductores del pensamiento crítico" me hace recordar la anécdota, no sé si cierta, que narra Mario Vargas Llosa sobre una peculiar protesta; escribió el Nobel peruano que el gremio de zapateros remendones del Perú promovió una huelga por la proliferación de los automóviles. Alegaban los trabajadores del cuero y la ganzúa que como la gente prefería ir en taxi que caminar, ya nadie mandaría a reparar los zapatos por falta de uso. Por esto de oponerse a lo nuevo la Inquisición llevó a la hoguera a un hombre que se atrevió con aquello de que la tierra era redonda, hablo de Giordano Bruno, que no de Galileo que pasó agachado porque, al igual que uno de nuestros políticos, era de la idea de que pescuezo no retoña. 

Concluyo que el ejercicio de la escritura y los méritos que deriva la obra escrita no soporta como inventario su extensión en palabras. Tal vez por eso me agota escuchar dizque libre pensadores hacer de Torquemadas de cuanta “desviación" anotan en sus libros de pecados urbanos, y me quedó con la tesis del ucraniano Leonid Sukhorukov quien advierte que “Un aforismo es una novela de una sola línea”.
@pedrojsuarez


domingo, 8 de marzo de 2015


La hora de irse
Por Pedro Suárez


Me gusta irme de los lugares sin despedirme, pero esa vez lo hice porque no éramos muchos, éramos pocos. Rompí la regla, y es un decir porque como tal nunca ha sido una regla, menos una norma, un propósito, una provocación. Me voy sin despedir porque me da la gana, porque si lo hago de primero nadie lo nota y si me voy de último, tampoco. Disfruto, lucho por no consignar la frase, hacer mutis en la escena.

Tengo un amigo que va a todos los velorios del pueblo. Creo que lo hace porque se está preparando para tener un entierro digno. La frase es de él. Un entierro digno para mi amigo es que la sala velatoria se atiborre de coronas y de mensajes donde lamenten su fallecimiento. No sé si es casualidad pero cada vez que muere alguien al que nos haya unido una amistad en común me llama por teléfono, y lo hace desde la funeraria, cuando no desde el cementerio. La pregunta es invariable: ¿Supiste que murió Alfonso? Si es Alfonso el del obituario de ese día, por decirlo de alguna manera. De seguidas comenta con orgullo: La familia está destrozada, fue una muerte inesperada. Afortunadamente la familia está recibiendo demostraciones de cariño en abundancia que les recuerda el gran hombre que fue Alfonso. Hermano, remata, aquí no cabe un alma, para mí que no quedó una flor en la ciudad. Todas se las presentaron al difunto. Para cerrar me pregunta: ¿Tú no piensas venir? y se responde él mismo: Es que a ti no te gusta cumplir. Ya vas a ver, cuando te mueras vas a estar más solo que la una.

Narro la afición de mi amigo por los velorios porque también es de los que se retrasa en las despedidas. Le encanta abrazar y dar la mano, prometer visitas que nunca cumple, felicitar y lamentar el que ya no se reúnen. Mido los estados de exaltación que por las buenas maneras tiene mi amigo, con el desdén que me produce su entusiasmo. Anoto, a manera de excusa, que la despedida que detallo en el primer párrafo de estos renglones fue para, precisamente, despedirme de mi amigo. Lo tenía al frente, pero lo veía de lado, en su ataúd. 
@pedrojsuarez

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miércoles, 4 de marzo de 2015

Pastillas sin prescripción 
Por Pedro Suárez



Pocas escuelas enseñan más que la miseria de espíritu.
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La bondad puede ser un negocio, la falta de caridad, un crimen del espíritu.
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Alguien propuso una pastilla contra el dolor ajeno, y nadie hace cola para comprarlas. Qué pena.
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Todas las mañanas del mundo me veo en el espejo para comprobar si soy yo todavía.
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Crecí insuflado de un optimismo que acepta como inevitable el estropicio, la infatuación.
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A una alegría le sucede, frecuentemente, la necesidad del árnica.
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Que sepan de mí por la declaración de los testigos, por los alegatos de los acusadores, yo solo dejaré como huella, la palabra.
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En mi película aparezco solo en pequeños y fugaces cameo, así la vida arrastra todos sus colores hacia mí.
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Arrugo la cara cuando veo regresar los polvos que una vez sacudí de mis sandalias.
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No me asustan porque, como las vacas, si me hundo en arenas movedizas me pongo a ver las estrellas.

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@pedrojsuarez
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martes, 3 de marzo de 2015


Gotas de un bocoy
Por Pedro Suárez

Esperaba una gaviota, y llegó un Minotauro.
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La adulación no es un pecado cualquiera, es un pecado feo.
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Soy más cínico que honesto, pero al decirlo soy más honesto que cínico.
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Tan hermosa es una idea que no se concreta como la que se realiza, el milagro está en soñarla.
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Témele más a una bacteria que a un idiota, las primeras abusan de su inteligencia.
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Hay días en el que quien más te puede decir ya no tiene nada que decirte.
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La risa es un antídoto potentísimo, tiene poderes curativo. Es sano reír como un cínico, un santo, o una hiena, según sea el caso, no como un idiota, claro.
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Con los años uno es más escéptico, aplaude menos; cuando ocurre lo contrario es porque se está cerca de la decrepitud. Yo casi no aplaudo.
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El error es quizá la circunstancia más atractiva del ser humano; equivocarse, ah, cuan de carne y hueso nos hace.
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El antifaz tiene el defecto que deja el brillo de los ojos al descubierto, y lo que habla esa luz es mas potente que cualquier afectación.
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Me refiero a esa esquina donde se pide que dejen los puñales a la entrada.
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Salgo a la calle y la frase de Bartleby "I would prefer not to" rebota en mi mente como una pelota de ping pong, y cuando regreso a casa también.
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lunes, 2 de marzo de 2015

Un hombre de método
Por Pedro Suárez


Nunca llego a tiempo a un lugar, pero siempre me preparo para estar a la hora señalada. Soy de los que antes de salir revisa el reporte metereológico, de los que se hacen un mapa de la ciudad para inventarse rutas expeditas. Compro las entradas al cine, al teatro y a los conciertos por internet. Tengo una lista de las camisas que voy a usar en la semana, sé que ropa voy a usar el domingo. Soy, como se ve, un hombre de método. Pido cita al médico con un mes de anticipación, al abogado le redacto los casos para que no distraiga la narrativa del contencioso por el que lo requiero. Tengo un GPS en el carro, una aplicación en el teléfono que me indica qué ruta tomar; sintonizo una emisora de radio que mantiene un helicóptero sobre volando la ciudad para informarle a los conductores cómo va la cosa allá abajo. Pero haga lo que haga, nunca llego a tiempo.
  
Reviso las partes que componen la geografía de mi impuntualidad, y no le encuentro explicación. Siento que soy víctima de una conspiración que se complace en verme coleccionar actos fallidos. Hace una semana intenté ir al velorio de un amigo de la infancia y cuando llegué a la funeraria ya lo habían cremado. Le prometí a la familia que los acompañaría a esparcir las cenizas del difunto en el río, y en lugar de cruzar hacia una de las orillas del Caroní, terminé en el malecón del Orinoco. Si decido comprar la lotería, movido por un sueño o un pálpito, descubro que el sorteo se hizo en la mañana. La factura del teléfono la pago con días de retraso, y pese a que tengo las fechas de corte de las tarjetas de crédito pegadas en la nevera, todos los meses me cobran intereses de mora.

Trato de controlar la situación, pero cada día es peor. He perdido los tres últimos vuelos de avión. Han dejado de invitarme a las reuniones de la junta de condominio, así quiera, nunca voy. Pero ya va, dije que soy un hombre de método. Diseñé una estrategia que me ha funcionado, dejo todo al azar. Ahora no sé cuándo debo ir al odontólogo, cuál película voy a ver el jueves, qué día es la reunión con la maestra de mi hija. Sí, funciona, pero siento que no existo. 
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domingo, 1 de marzo de 2015


Tertulia sin navaja
Por Pedro Suárez


Las ciudades, como el Gregor Samsa de La Metamorfosis de Kafka, un día, cualquiera, despiertan convertidas en insectos, monstruosos. Se da cuenta, la ciudad, que la indiferencia de la gente que cruza sus calles en plan de transeúnte y no de ciudadanos le dibuja en el alma una repulsiva tiña corporis a la que todos se acostumbran como si se tratara de un inocente cambio del huso horario.

En Guayana pasa algo parecido, la que fue una ciudad concubinada al adjetivo pujante se ha despertado convertida en un insecto que sorprende por la inacción. Todo, en ella, se ha ido degradando, ha perdido la capacidad pulmonar que mostraba en sus primeros días. Y es en ese “estado de alma" que el escritor y ensayista Carlos Yusti se arrejunta con el poeta Francisco Arévalo para convocar una Tertulia sin navajas. La convocatoria es un estremecimiento a la pereza intelectual, otro de los correlativos que expresa la ciudad como síntoma cuando va apagando su luz; un empujón a la conciencia, prácticamente un apretarla por la pechera para que despierte. 

En defensa de la convocatoria y a modo de explicación del por qué el objeto cortante identifica la tertulia, Yusti advierte que es sin navaja porque sería del todo trivial irse al acero cuando en este país lo que sobra es plomo, puño y bofetada, como dice la canción. La pólvora escogida es el arte, y los abundantes gazapos que se le añaden como rémoras. Un terreno en extremo pantanoso dado el carácter de subjetividad que acompaña el acto creativo, y de la interesada valoración que las grandes corporaciones hacen del objeto creado. Mientras Yusti y Arévalo discurren, me pregunto: ¿Qué es una obra de arte? ¿Qué mérito convoca para ser considerada como tal? ¿Qué es el buen o mal gusto? Acaso esas interrogantes, si se exageran, ¿no pueden conducirnos al estadio de policías del espíritu? ¿No hay una intención de supremacía estética y hasta moral implícita cuando nos convertimos en árbitros del gusto? 

Miro a mi alrededor y la imagen de un Van Gogh humillado por la “pobre calidad artística" de su obra se abre a martillazos en mi cabeza; más sosegada acude a mi memoria el famoso cuadro de Renné Magritte 'Ceci n'est pas une pipe' donde el pintor establece el carácter de representación de la realidad de la obra de arte, pero desnudando al mismo tiempo el hecho de que supera a la realidad y se estaciona en esa amplísima playa de la subjetividad. Pensé también en lo que Flaubert llamó "la educación sentimental", en el papel del Estado y el artista en lograr ese estadio de conciencia. Pienso en el tango y la hostilidad con el que fue recibido por las elites sociales y culturales de su tiempo, y cómo posteriormente lo abrazaron para sí. Pienso en Marina Abramovic sentada en una de las salas del Museo de Arte Moderno de Nueva York para, en plan de artista presente,  sostener la mirada de los miles de espectadores que por 716 horas compartieron ese choque de retina y se hicieron complice de un performance definitivamente conmovedor. 

En resumen, una tertulia sin navajas pero con cianuro. Una tertulia que nos recuerda que el arte es una frontera que cruzamos sin darnos cuenta, y que en ocasiones se resuelve en una emoción.

@pedrojsuarez
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 La maldita guerra El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Jaime Sabines Mientras las bombas caen, si se ag...